YOUCAT Confirmación (XI): ¡Actualización! La confesión


¡Actualización! La confesión

Te puedes imaginar lo que pasa si durante meses no cargas las actualizaciones en tu ordenador. En algún momento el sistema operativo se bloquea. O se producen graves fallos de seguridad. El firewall ya no funciona. Virus y troyanos pueden campar a sus anchas en tu PC y finalmente todos tus datos se van al traste.

“Yo no necesito ningún perdón y menos aún la confesión“. Esto es más o menos igual de absurdo que decir: “No necesito ninguna actualización. Mi software funciona también sin ellas”.

Se puede decir que Dios te ha creado como un software maravilloso. Pero este software necesita actualizaciones periódicas. Si no empleas las actualizaciones, hasta el mejor sistema del mundo se estropea con el tiempo. La CONFESIÓN —también se conoce como “Sacramento de la Reconciliación”— es la mejor oferta de actualización que nos hace Dios.

  • Aquello que te machaca

Lo que te machaca es el pecado. El pecado no es sólo el mal que hacemos, sino también el bien que no hacemos. Por tanto no es sólo pecado la ira, la dureza de corazón, la envidia, las pequeñas trampas que cometemos. También es pecado el haber podido ayudar y no haberlo hecho. El tener talentos y haber sido demasiado vago para trabajar con ellos. El haber podido contribuir al triunfo de una causa justa y, en lugar de ello, habernos largado cobardemente.

Todos estos pecados y omisiones tienen el mismo efecto que los virus en un PC. Hacen que nuestra vida sea lenta, triste y fea. Un pecado llama a otro pecado. Las malas costumbres se nos cuelan. A menudo pensamos que con un poco de buena voluntad lo podríamos arreglar nosotros mismos. ¡Pero nos engañamos! Después del enésimo intento de suprimir nuestra dureza de corazón, nos resignamos y nos limitamos con frecuencia a encubrir nuestra maldad. Y además nuestro pecado no está lejos.

  • Dios nos regala un nuevo comienzo

Todo pecado que cometemos se dirige en último término contra Dios mismo. Él nos ha creado de un modo maravilloso. ¿Y qué hacemos con este don? Miramos cómo poco a poco se vuelve sucio y feo. Esto no es lo que Dios quiere. Nos da una oportunidad única para hacer de nuevo nuestra vida tan hermosa y fuerte como en el momento en el que fuimos creados por Dios como sus hijos amados.

La historia del “hijo pródigo” —que se debería llamar más propiamente la “historia del padre misericordioso”— es uno de los pasajes más hermosos de toda la Biblia. Nos muestra a un Dios tan lleno de amor y bondad, que, aunque nos equivoquemos, no se aparta de su amor por nosotros.

Quizás tus pecados no sean tan graves como los del hijo pródigo. Pero también tú necesitas que Dios te acoja en su gran amor y ponga tu contador a cero. “Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como la nieve”. Sigue, por tanto, tu deseo de que Dios te vuelva de nuevo perfecto y hermoso. Haz el esfuerzo, acércate a la confesión, ¡especialmente ahora que deseas ser confirmado! Reflexiona: también los sacerdotes se confiesan. El mismo Papa se arrodilla regularmente en el confesionario, para decirle a un pobre sacerdote sus pecados y omisiones y dejarse reconciliar de nuevo con Dios. ¡Imagínate al sacerdote que tiene que escuchar los pecados del Papa!

  • ¿Qué es necesario para confesarse bien?

Tal vez tengas una idea algo extraña de cómo va eso de la confesión: entrar a hurtadillas en un confesionario (o en un cuarto de confesiones), desgranar pecados, escuchar algo que te dicen, largarse. Sólo el dentista es peor. Pero miremos una vez este asunto con objetividad.

El YOUCAT nos dice todo lo que es necesario para una verdadera confesión.

  • ¿Y de qué me tengo que confesar?

Para descubrir en qué aspectos mi vida no va bien y no se corresponde con el amor de Dios, nos puede ayudar lo que se conoce como “examen de conciencia”. El más antiguo del mundo son los diez mandamientos. Pero se pueden encontrar muchos más, por ejemplo en Internet. Aquí te presentamos un examen de conciencia particularmente sensato, escrito especialmente para jóvenes:

No sólo es pecado cuando actúo con dureza de corazón, sino también cuando me miro a mí mismo y no me dejo amar primero por Dios. Si rechazo su amor sin límites, me vuelvo yo mismo insensible.

  • No es pecado disfrutar de las cosas hermosas de la vida, pero sí convertirlas en mis dioses y querer conseguirlas a cualquier precio.
  • No es pecado querer ganar mucho dinero, pero sí que el bienestar se convierta en todo para mí. Y tener miedo a perder mi vida si comparto y me compadezco de otros.
  • No es pecado reclamar mis derechos, pero sí abusar de mis derechos, volverme desconsiderado y duro de corazón o menospreciar los derechos de otros.
  • No es pecado sentir deseos e impulsos sexuales, pero sí dejarme dominar por mis instintos o utilizar a otros para satisfacer mis ansias sexuales.
  • No es pecado que haya personas que no me resulten simpáticas, pero sí tratarlas como si no fueran, como yo, hijos amados de Dios.
  • No es necesariamente pecado criticar a otras personas, pero sí hacerlo de forma irreflexiva o descuidada y con ello desacreditar o herir a otras personas.
  • No es propiamente pecado experimentar en mí la envidia, la ira o la alegría por el mal ajeno, pero sí no intentar superar estos sentimientos o dejarme llevar por ellos en mis acciones.
  • No es pecado hablar de otras personas, pero sí contar, de forma irreflexiva o malévola, cosas malas de otras personas.
  • No es pecado callar en situaciones de conflicto, pero sí callar cuando otros son humillados, calumniados o víctimas de mentiras.
  • No es pecado discutir con alguien, pero sí buscar camorra, no escuchar a otros, no ocuparme de ellos, negarme a la reconciliación.
  • No es pecado que mi corazón se quede vacío a menudo en la oración, pero sí que no valore el tiempo de oración o ni siquiera me tome la molestia de abrirme a Dios y escuchar su palabra.
  • No es pecado tener a veces dudas de fe, pero sí separarme de la comunión de los creyentes, no participar regularmente de la Eucaristía, dar más valor a lo terrenal que a lo espiritual.
  • No es pecado hacer planes para mi vida, pero sí no dejar espacio para mi fe en Dios, que no me interese el hecho de que mi vida está cada día en sus manos.

  • Fundamentos teológicos

La Iglesia del primer milenio observaba de manera especial la admisión a la Eucaristía. Aquel que no estuviera bautizado, no era considerado un miembro pleno y tenía que abandonar la santa Misa tras la liturgia de la Palabra. Este era un catecúmeno, un candidato, un aspirante al Bautismo. Del mismo modo que hoy en día, cuando un adulto quiere hacerse cristiano, se le administra el Bautismo, la Confirmación y la Primera Comunión a la vez. De quien de esta manera recibe la gracia, se espera un cambio radical de vida. El bautismo elimina todos los pecados, la Confirmación te da el don del Espíritu Santo y la Comunión la unidad con Jesucristo y con toda la Iglesia.

(YOUCAT –> 226)

El que luego cometía pequeños pecados, intentaba repararlo por medio de la oración, la limosna y el ayuno. Pero el que cometía un asesinato o adulterio, quien negara su fe, tenía que hacer penitencia pública. La confesión se realizaba delante del obispo y de toda la comunidad, y empezaba a ser un penitente. Esto significaba que estabas excluido de recibir la Comunión durante año o, algunas veces, durante toda la vida. Al principio, la readmisión solo podría darse una vez en la vida. A menudo, esto se encontraba unido a otras cargas sociales o económicas. En los primeros años del cristianismo eran muy sensibles a la conciencia de que el pecado supone un alejamiento de Dios y que un pecado mortal rompe realmente tu unión con Dios.

Por supuesto que Dios ama a todas las personas, también a los pecadores. Y Jesús dice: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mc 2,17). Todos conocemos la parábola de la oveja perdida, a la que el pastor sale a buscar para salvarla (Lc 15,4-7). Y todos sabemos: Jesús es este buen pastor. Pero no podemos entender mal esta parábola. No significa: “Puedes hacer todas la tonterías que te dé la gana, da igual, luego va a salir a buscarte.” Porque aquí quedan olvidados dos aspectos:

1. El buen pastor sufre por nuestros pecados, fue crucificado por nosotros y por nuestros pecados: “El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10,11)

2. La oveja también tiene que dejarse encontrar. Tiene que escuchar al pastor y seguir tras él. En esto, Jesús nos ha dado una imagen muy leve, casi cariñosa, de pecador. ¿No nos parecemos, con frecuencia, a cabras testarudas que se alejan cada vez más hasta llegar al precipicio? ¿Y no vemos delante de nosotros el sufrimiento del pastor cuando se estura hacia nosotros con toda la fuerza, lleno de amor y preocupación cada vez que parece que nos vamos a despeñar?

Esta es la separación de Dios por medio del pecado mortal: que persistimos en el pecado, que nos alejamos de Él hasta que ya es demasiado tarde. Porque hay que tener una cosa clara: la historia de la oveja no habría salido bien si hubiera habido un vallado. Nuestra libertad es fundamental en esta historia. La libertad de alejarnos. Jesús no tira sobre nosotros una red para pescarnos. No tiene un fusil con tranquilizantes. Solo tenemos que pararnos. Y ese parón es la confesión.

  • Hay que confesarse de los pecados graves. (YOUCAT –> 223)
  • Hay que confesarse antes de recibir la próxima Comunión. Hay que confesarse, al menos, una vez al año. (YOUCAT –> 234)
  • Los pecados graves son faltas importantes contra Dios, y también contra el amor al prójimo. Realizados con total conocimiento y con total consentimiento. Sin lugar a dudas, un pecado grave es el asesinato. También el aborto o el adulterio son pecados graves, así como la blasfemia, como por ejemplo maldecir. (YOUCAT –> 383,424,359)

No estamos acostumbrados a hablar sobre nuestra fe. Y mucho menos sobre acontecimientos desagradables o sobre nuestra conciencia. Eso no mola nada. El ideal que nosotros conocemos por los medios de comunicación es el del tipo que hace lo que le da la gana. La situación de vergüenza o arrepentimiento se ha asentado sobre lo que puedes hacer en la sociedad y lo que no. Y ya no somos conscientes de que somos dependientes de las modas y del ambiente, de los dictados sociales y del azar. Inhalamos eso de “lo que se hace y lo que no se hace”, y se lo echamos en cara al otro con total naturalidad, poniendo como pretexto a una locutora de las noticias, a un moderador de un programa, o no sé que famoso. Eso ya lo han repetido como un loro una, dos o tres personas a nuestro alrededor: “Todos dicen que…”, “y ahora hay que…”, “es que no se puede…”. Cada uno puede imaginarse que todo esto va marcando nuestra conciencia, y no precisamente en la dirección que Dios quiere.

Tenemos que practicar esas cosas que nos ayudan a permanecer junto a Dios. Claro que nosotros pensamos la mayoría de las veces que somos absolutamente inocentes. Pero eso es falso: “Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros” (1 Jn 1,8). También una acumulación de pequeños pecados puede alejarnos de la verdad con el tiempo, arrastrarnos lejos de Dios. El que se sienta con el propósito de prepararse para confesar, seguro que se le ocurre algo en lo que ha fallado desde la última confesión. También nos puede ayudar los exámenes de conciencia para agudizar nuestro espíritu para ver mejor cómo vivimos, qué pensamos, cómo es nuestra fe.

Después de habernos mirado, tenemos que discernir si hemos cometido groserías espectaculares o maldades repugnantes. Para algo están los llamados “pecados capitales”: soberbia, avaricia, lujuria, pereza, gula, ira y envidia.

El que analiza su vida considerando estos pecados, que se llaman “capitales” porque son la raíz de muchos otros pecados, descubre descendientes de ellos: los vicios.

¿Tiendo a tomar por tontos a los que no son de mi opinión?

¿Quiero tener siempre lo que los otros tienen?

¿Me alegro cuando a uno que tiene más que yo le va fatal?

¿Me enfado cuando no se hace mi voluntad?

En el libro de catequesis para la confirmación  hay un buen examen de conciencia (Págs. 99-100). También es muy útil  el que parece en el libro  de bolsillo del papa Francisco, Custodia el corazón (Romana Editorial, 2015).

 

El sacramento de la reconciliación: ¿Y qué pasa con mis pecados?

En el sacramento de la  reconciliación regresamos a Dios cuando nos hemos alejado de Él  por el pecado.

El método R5

 

  • Reconocimiento: me doy cuenta de que la he fastidiado.

Antes de decidirse a ir a confesarse y,  con ello, regresar a Dios, está el reconocimiento  de que me alejado de Dios. Reflexiono sobre dónde he actuado de manera distinta a los que desea. En esta investigación de tu interior te puede ayudar a un examen de conciencia.

  • Remordimiento: lo siento de verdad.

En realidad, la confesión solo tiene sentido cuando de verdad estoy arrepentido de mi fallo, siento de verdad lo que hecho. Si no es así, me puedo ahorrar todo los demás.

  • Reformar: mejor no lo vuelvo a hacer en adelante.

Esto significa que me tomo en serio comportarme de otra manera en el futuro. Porque  cuando yo reconozco que algo no fue buena idea, pero a la vez que pienso volver hacerlo, no ha habido un verdadero arrepentimiento ni piensas reformar tu vida. Que yo vuelva a caer más tarde sin quererlo, es otra cosa. Se trata de tener un firme propósito en ese momento.

  • Relatar: confieso que he metido la pata

Seguramente se trata del paso más difícil. Pero es importante que se digan los propios pecados, porque así nos libramos de barrer y esconderlo debajo de la alfombra como si no fueran importantes. Después de un relato sincero viene la absolución del sacerdote, ¡y ya está perdonados tu pecados!

  • Reparar: estoy dispuesto a repararlo, aunque posiblemente sea algo un poco incomodo.

Nuestra disposición de reparar aquellos daños materiales e inmateriales que hemos causado (al menos de forma simbólica) se muestra en la penitencia. La mayoría de las veces el sacerdotes  te pide que digas una oración como penitencia.

 

¿Qué dios es como tú?

¿Qué dios es como tú?

¿Qué dios es como tú,

que me disculpa mis faltas

y perdona a tu pueblo de la injusticia?

No mantienes para siempre

Lo que te he hecho

Porque tú amas ser misericordioso.

Volverás a compadecerte de mí

Y aplastarás mi culpa.

Sí, tú arrojas nuestro pecados

A la profundidad de los mares.

Manifestarás tu lealtad y tu bondad,

Como has prometidos

a aquellos que creen en ti

desde tiempos inmemoriales hasta hoy. 

Amen

Según Miqueas 7, 18-20