III LA CONFESIÓN – Yes, I can!

EL SACRAMENTO DE LA CONFESIÓN

En el sacramento de la  reconciliación regresamos a Dios cuando nos hemos alejado de Él  por el pecado.

¿CÓMO SE HACE AHORA?

¿QUÉ SE NECESITA PARA ELLO?

¿CÓMO LO PUEDO HACER?

Necesitas…

  • ARREPENTIMIENTO

Por lo tanto, tienes que arrepentirte de lo sucedido. Realmente no es suficiente hacerlo de boquilla sólo porque leíste en laguna parte que eso y eso otro es pecado.

Tienes que estar convencido de que hiciste algo equivocado, de que has herido o manchado a otros o  ati mismo, de que olvidaste a Dios y confundiste el orden divino de la existencia. La conciencia depende del aire si no se orienta por los mandamientos. Antes de que pongas en movimiento tu conciencia debes saber algo: “No mentirás” (octavo mandamiento).

Pero atención, nos gusta mucho engañarnos a nosotros mismo y decimos: “Eh, lo hice conscientemente! ¡Asumo la responsabilidad!”

Apelando a la conciencia se miente, se engaña y se asesina. Si en un determinado asunto no estás seguro, pregunta al sacerdote: él te puede ayudar a confrontar tu conciencia con los mandamientos de Dios.

  • PROPÓSITO DE ENMIENDA

“Puede suceder que uno caiga. Sólo es imperdonable no levantarse.” (Winston Churchill)

Es decir, tienes que tener intención verdaderamente de no volver a cometer estos pecados que le cuentas al confesor.

Ahora podrías decir: “¡Eso no funciona” Sé que tarde o temprano no lo consigo.” Esto habla de tu realismo. Es probable que no consigas de inmediato decir adiós a las drogas para siempre.

Pero si tienes la verdadera intención de hacer todo lo posible, deber confiar en que Dios está contigo por medio del ministerio del sacerdote y te da el perdón y la paz. Verás: en la confesión recibes una fuerza sobrenatural para el bien, que también denominamos “gracia”. Tal vez un día tengas nuevamente el impulso de caer en el mal y no puedas resistir la tentación. ¡Entonces vuelve a confesarte! ¡Y otra vez! Puedes venir mil veces con la misma historia. Eso no cambia en nada la misericordia de Dios, absolutamente en nada.

Él es siempre el Padre que te acoge con los brazos abiertos. ¡Y él ha preparado nuevamente una fietsa para ti! ¿Increíble? ¡No!

  • CONFESIÓN

Eso significa que no basta con que tengas en tu corazón una pequeña lista de tus pecados y faltas, y la repases una vez por semana cuando te preparas para ir a dormir. Es verdaderamente importante realizar con regularidad un breve examen de conciencia.

Pero si realmente quieres tener un sólido perdón de los pecados (o debes tenerlo, porque has cometido un pecado grave que te separa de Dios), entonces sólo ayuda la confesión con un sacerdote.

Jesús dotó a los apóstoles y a sus sucesores de un poder increíble: “A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quiénes se los retengáis, les quedan retenidos.” Sólo Dios puede perdonar pecados. Jesucristo confía ahora esta maravilla a la Iglesia. El amor de Dios quería que las cosas fueran muy concretas. Si tú quieres empezar de nuevo, no necesitas gritar al cielo tus recriminaciones. Vas a un sacerdote y dices: “Así y así están las cosas. Me arrepiento de esto delante de Dios.” Y cuando el sacerdote vea que realmente lo dices en serio te concederá el perdón de Dios.

EL MÉTODO R5

  • Reconocimiento: me doy cuenta de que la he fastidiado.

Antes de decidirse a ir a confesarse y,  con ello, regresar a Dios, está el reconocimiento  de que me alejado de Dios. Reflexiono sobre dónde he actuado de manera distinta a los que desea. En esta investigación de tu interior te puede ayudar a un examen de conciencia.

  • Remordimiento: lo siento de verdad.

En realidad, la confesión solo tiene sentido cuando de verdad estoy arrepentido de mi fallo, siento de verdad lo que hecho. Si no es así, me puedo ahorrar todo los demás.

  • Reformar: mejor no lo vuelvo a hacer en adelante.

Esto significa que me tomo en serio comportarme de otra manera en el futuro. Porque  cuando yo reconozco que algo no fue buena idea, pero a la vez que pienso volver hacerlo, no ha habido un verdadero arrepentimiento ni piensas reformar tu vida. Que yo vuelva a caer más tarde sin quererlo, es otra cosa. Se trata de tener un firme propósito en ese momento.

  • Relatar: confieso que he metido la pata

Seguramente se trata del paso más difícil. Pero es importante que se digan los propios pecados, porque así nos libramos de barrer y esconderlo debajo de la alfombra como si no fueran importantes. Después de un relato sincero viene la absolución del sacerdote, ¡y ya está perdonados tu pecados!

  • Reparar: estoy dispuesto a repararlo, aunque posiblemente sea algo un poco incomodo.

Nuestra disposición de reparar aquellos daños materiales e inmateriales que hemos causado (al menos de forma simbólica) se muestra en la penitencia. La mayoría de las veces el sacerdotes  te pide que digas una oración como penitencia.

 

RITO DE LA CONFESIÓN

Asumamos que te decides por el confesionario y no por la confesión en un lugar informal, que antes has hecho examen de conciencia, que has preparado quizás la confesión escribiendo una lista con tus pecados, que has invocado al Espíritu Santo para que te conceda una buena confesión, ¡ya está! El confesionario está ahora con la luz verde (o cualquier señal de que no hay otra persona confesando en ese momento). ¡Por tanto, entra!

El sacerdote te saluda. Después es tu turno. Haz la señal de la cruz y di:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. 

Entonces, con estas palabras u otras parecidas, dice el sacerdote:

Dios, que ha iluminado nuestro corazón, te conceda un verdadero conocimiento de tus pecados y de su misericordia.

Tú respondes:

Amén.

¡Así, pues, es muy fácil!

Ahora tienes tiempo para tu confesión, por tanto, tiempo para acusarte de tus faltas. Suena estúpido, pero es intencionado. Debes reconocer tu culpa, no explicar tu inocencia. ¡Por tanto una verdadera acusación personal! Uau, hace falta valor para eso.

Deber decir simplemente a qué reconocimiento has llegado tras haber analizado tu vida en la presencia de Dios. Hay dos cuestiones fundamentales, ambas igualmente importantes.

La primera es la siguiente:

¿Que he hecho mal?

Y la segunda:

¿Qué obras buenas he dejado de hacer?

Un pequeño consejo: a veces pecamos más por lo que no hacemos que por lo que hacemos. Tenlo en cuenta en caso de que no te acuerdes de tus pecados.

Y siempre puedes utilizar tu hoja de confesión como ayuda.

Al final de tu confesión debes decir algo con lo que expreses tu arrepentimiento. Por ejemplo: Éstos son mis pecados. Lo confieso con arrepentimiento y humildad.

¡Ahora es el turno del sacerdote!

Él te puede formular alguna pregunta pero lo hará con todo cuidado y amabilidad. El sacerdote no pretende investigarte. Es tu confesión. El confesor ejerce en ti un ministerio divino. Quiere ayudarte a que reconozcas bien tus pecados y puedas expresarlo correctamente en palabras.

Luego te da un consejo espiritual, es decir, te dice a qué cosas le debes prestar especial atención.

El sacerdote te impone en este momento una pequeña “penitencia” que, generalmente, se trata de un determinado tipo de oración que deberás hacer tras la confesión. Esto debe ser un pequeño signo de penitencia por tu parte que expresa tu voluntad de reparar la ofensa que infligiste a Dios con tu pecado. Esta reparación forma parte del sacramento de la penitencia. También forma parte del sacramento que des lo mejor de ti para reparar los daños ocasionados por tu faltas. Por tanto, si has robado algo debes devolverlo (esto puede hacerse de forma anónima). Si has herido a alguien debes, al menos, pedir disculpas.

Después el sacerdote te puede conceder la absolución.

Dios, Padre misericordioso,

que reconcilió consigo al mundo

por la muerte y la resurrección de su Hijo

y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados,

te conceda, por el ministerio de la Iglesia,

el perdón y la paz.

Y yo te absuelvo de tus pecados

en el nombre del Padre, del Hijo

y del Espíritu Santo. 

Tu respuesta es: Amén. 

Para concluir, dice el sacerdote:

El Señor ha perdonado tus pecados. Vete en paz. 

CONFESARSE: YES, I CAN!

  • DEMASIADA BASURA EN MI VIDA

Una cáscara de plátano necesita -según la temperatura y humedad – casi un año para pudrirse; una bolsa de plástico tarde de mil a tres mil años en descomponerse; el uranio -238 se desintegra a la mitad tras 4.468 millones de años. Sin embargo, todo esto no es nada en comparación con la basura que nunca se descompone: el pecado. En un determinado momento he entendido que pecar produce una basura especial, que es “muy tóxica” porque afecta a todo el mundo, influye en nuestra vida y puede destruir. Ensucia mi paisaje interior. El pecado no tiene ningún período de descomposición, no se desintegra, pero existe una posibilidad de librarnos de toda esa inmundicia acumulada: la confesión.

  • ¡EMPEZAR TODO DE NUEVO!

La confesión, por lo que he entendido, es una cosa muy sencilla. Dios me dice: “Has pecado, pero porqué estás sinceramente arrepentido y porque te amo, yo te perdono.” Rompe mi pagaré y aprieta el botón de resetear; vacía la papelera de reciclaje y pulsa “empezar”. Me regala una nueva oportunidad, un nuevo comienzo.

Con todo, no empiezo exactamente “desde cero”. No es como en el “hombre-no-te-enfades”, donde la figura debe volver al punto de partida y realizar todavía todo el camino.

Se parece más a un circuito de carreras; mis pecados acumulados, con el paso del tiempo, me lanzan hacia el exterior de la pista en la curva. Dios toma mi coche y me pone nuevamente en la pista. No debo volver al principio, sino que simplemente puedo continuar en la misma posición donde me salí. Estoy otra vez en la carrera, recién lavado, con el depósito lleno. ¡Eh, a partir de ahora conduzco con un juego de neumáticos nuevos!

  • NO QUIERO, PERO DESPUÉS VUELVE A OCURRIR

Desde el pecado original de Adán y Eva es así: esto sucede constantemente con el pecado, al margen de lo mucho que me esfuerce por combatirlo. Y si llegara el día en que pudiera decir: “Bravo, lo he conseguido, ya no estoy en situación de pecar”, entonces estaría o bien muerto o tan cegado por la soberbia de creer haber alcanzado tal madurez que ya no sería necesaria la confesión.

  • ¿CÓMO FUE TU DÍA?

Todas las noches, antes de dormir, hablo con Dios. Dejo que Dios me pregunte: “Eh, joven, ¿qué has hecho hoy de bueno? ¿Dónde has metido la pata?”. Así evito que determinados pecados se hagan habituales y que mi conciencia, lentamente, se haga insensible. C.S Lewis comparó la conciencia con una piedra puntiaguda clavada en el corazón; cuando pecas se clava en tu corazón. Si pecas continuamente de modo que esta piedra permanece en contacto permanente con la pared de tu corazón, este último forma un calo hasta que llega un momento en el que no notas absolutamente que pecas.

  • NECESITO UN SISTEMA DE ALERTAS

En algunas cosas es evidente que estoy en el camino equivocado. En otras me falta visión de conjunto.

  • ¡Y YO TAMBIÉN TENGO QUE QUERER!

Incluso si tengo un sistema de alerta, no me sirve de nada si mi voluntad es débil. Para hacer algo contra el poder destructivo del pecado en mi vida necesito no solo entendimiento, sino también una buena dosis de voluntad. Y, por supuesto, un juicio claro que distinga el bien y el mal.

 

STOP! ¡LO MÁS IMPORTANTE ES EL AMOR!

  • Dios perdona y “olvida” los pecados
  • ¡Olvídalos tú también!
  • ¡No te ancles en el pecado”
  • ¡Contemplar a Dios, que es amor!

La señal de los cristianos debe ser la alegría.

Dios no quiere que deambules como un tipo depresivo, que mira permanentemente sólo en el abismo de la propia alma. (Bernhard Meuser)

  •  ¡YA SE HA PAGADO POR TI!

Me imagino que estoy en el banco. Tengo mi pagaré conmigo. Voy a la ventanilla. Hay un señor amable, con una bonita corbata. Todo mi cuerpo tiembla mientras él ve mi pagaré. A continuación debo admitir que, lamentablemente, no puedo pagar mi deuda. Hasta el final…¿Qué hace el hombre en la ventanilla? Mira hacia arriba, me mira a los ojos con simpatía y rompe el pagaré hasta que sólo quedan pequeños pedacitos de papel. “No importa”, dice, “ya se han pagado por ti”. La confesión funciona así: “Ya se ha pagado por ti”: ¡Jesús pagó por mí” Sí, es realmente inconcebible, pero Dios tenía todo esto en mente hace dos mil años: comprar nuestra deuda.

Dios hace esto por por. Dios es amor. Y el amor no es calcular ni buscar solo el propio beneficio.

El sacerdote es el hombre en el mostrador de la vida, nombrado para romper mi pagaré en nombre de Dios. Es triste ver cómo muchos fuera dan vueltas desesperados, utilizando métodos salvajes y supuestas “ofertas para una cura” para deshacerse de su pagaré, en lugar de ir simplemente al hombre del mostrador para que le rompa ese documento.

  • ¿Y SI VUELVO A CAER EN MI ANTIGUA VIDA?

Sí, puedo darme de bruces, en la medida en que vuelva a la lucha. Parece que, en un momento de distracción, me olvido de que mantengo un combate de boxeo con el mal y recibo de lleno un golpe que me tira al suelo. No es malo si caigo al suelo. El árbitro empieza a contar. Ahora es seguro. Dios me ayudará. ¡Me recupero! Por lo tanto, no tiene ninguna relevancia el número de veces que caigo, mientras quiera luchar y me vuelva a levantar.

Puedo vencer, porque creo en Dios. Y porque él cree en mí.

Entonces Jesús dijo a la mujer adúltera: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.” (Juan 8,11)

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