SILENCIOS DE AMOR – testimonio misionero de Javier García

SILENCIOS DE AMOR

El pasado nueve de febrero tuve la suerte de compartir mi experiencia misionera con chicos y chicas de San Ildefonso, invitado por mi amiga Carmen, persona comprometida como pocas y recibido por  Paco, ese hombre tan grande y tan lleno de humanidad.

Antes de empezar tuvimos un ratito de charla con Pedro, el párroco, y con Javier, otro catequista. Siempre es bueno compartir, en cualquier sitio, en cualquier momento.

Y si quisiera resumir lo que significó para mí ésta ultima experiencia misionera, durante los meses de julio y agosto de 2018, en la comunidad de Astillero (Comarapa, Bolivia), nada mejor que con la reflexión que compartí una de esas noches en las que las emociones no te dejan conciliar el sueño.

“Silencios de Amor”
Una semana que acaba, una despedida que sabe como todas las despedidas y un montón de vivencias que revolotean por tu cabeza y no te dejan dormir.
Una de las cosas que te deja esta experiencia por las comunidades campesinas es el valor de los tiempos de silencio. Silencios de amor, porque todo lo que emana de esta vivencia es AMOR, y del bueno, de ese que se te mete dentro, en lo más profundo de tu ser y te impregna, derramándose y empapándote, como cuando la lluvia del camino te pilla sin paraguas y te va calando, poco a poco, sin prisa, pero sin pausa.

Ese es el amor que aquí se siente. 

Silencio de amor cuando caminas por las montañas, yendo de acá para allá y recuerdas el rato que has pasado con la familia que te acoge y te cuenta su vida, comparte su comida y permite que entres un poco en su interior y te revelan sus sueños. 

Silencios de amor cuando los chicos salen de sus casas y se unen a tu caminar en dirección a la escuelita. Sientes su cariño y las ganas y la necesidad de alguien que les acompañe. 

Silencios de amor cuando observas a tu compañera en esta aventura, Juani, como se rodea de los niños, los abraza y los besa como una madre y les enseña algunas palabras en inglés. 

Silencios de amor cuando por la noche, una vez acabada la jornada te sientas en la fría silla de plástico, abrigado hasta las orejas, y reflexionas sobre todo lo recibido durante el día. 

Silencios de amor cuando te sientas en el taco de madera que utilizan como silla y te traen un plato de comida caliente. Miras a la persona que te lo trae, a veces uno de los hijos, miras el plato y das gracias a Dios por éste regalo. 

Silencios de amor, cuando no hay ninguna tarea que realizar, sólo ESTAR, y recuerdas a la mujer de tu vida, lejos en España, y añoras sus abrazos y sus besos. Y piensas que estarán haciendo tus dos hijos. Y no puedes nada más que suspirar y pensar que en breve los tendrás cerca y derramarás sobre ellos ese amor que te ha calado hasta los huesos, como la lluvia que chirchea por estos lares. 

Silencios de amor cuando te tumbas en el catre improvisado con un colchón sobre el suelo, al intentar conciliar el sueño y piensas en cuanto amor hace falta regalar, aquí y allá. 

Silencios, muchos silencios, todos ellos reflejan ese sentimiento que debería ser universal, ese motor que cambiaría todo, que nos haría más humanos, más sencillos, más justos. Ese sentimiento por el que rezo cada día para que sea mi único motor. Ese sentimiento con el que sueño poder transmitir, porque así lo he recibido, como la lluvia que empapa la tierra y la llena de vida. 

Ese sentimiento, ese silencio lleno de AMOR.

Esto es lo que para mí significa la misión, AMAR.  Y  amar hasta que duela. 

Javier García

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La semana pasada estuve en la reunión del grupo, para mi fue como ese anuncio que dice “vienes por una cosa y te quedas por otra”, pues eso, yo fui pensando que iba para colaborar con la logística de la reunión, y me encontré con el testimonio de Javier García, un seglar como nosotros que nos contó como en sus vacaciones en lugar de complicarse la vida pensando donde se va a ir se ha dejado complicar la vida por Dios.

Él pertenece a la ONG SED de los antiguos alumnos de Maristas. Nos enseñó como encontró el Amor de Dios entre gente que no tienen ni lo mas básico y que a pesar de que esos hermanos nuestros hay días que ni tan siquiera tienen para comer no pierden la sonrisa.

Me hizo darme cuenta de la cantidad de cosas que hemos hecho indispensables en nuestro día a día y como hemos llenado nuestro mundo de cosas y lo hemos vaciado sensibilidad hacia los demás. Fue un momento de decir “para” y piensa en lo que estas haciendo de tu vida y preguntarle a Dios ¿y tu, que quieres que haga con mi vida? No todos estamos llamados a irnos a otro país pero si estamos obligados a hacer todo lo que este en nuestras manos para hacer que este mundo sea mas justo, es una cuestión de justicia hacia nuestros hermanos y un requisito
indispensable para poder llamarnos cristianos.

Javier Ordoñez