¡Bienvenida hermana muerte!

Fue una tarde-noche como hoy, al principio del otoño de 1226. La Providencia quiso que fuese sábado, litúrgicamente ya Domingo (día de Resurrección). Francisco de Asís, el hombre que más se asemejó a Cristo, al fin se reencontraba con su Creador.

Hay algunas cosas que me llaman la atención del relato de Tomas de Celano. Los cuídanos de Asís, dice, pusieron centinelas en las afueras de la Porciúncula para evitar que alguien se robara a “su” santo cuando este muriese. ¿Cuántas veces nosotros nos apropiamos también de la santidad de otros? ¿Cuántas veces nos apropiamos de los santos en lugar de intentar ser santos?

Francisco fue plenamente consiente de que había llegado su hora y “organizó” su muerte… Pidió ser llevado a Santa María de la Porciúncula, aquel lugar por él amado. A pesar del enorme sufrimiento corporal, estaba feliz, la “hermana muerte” pondría el premio a una vida entregada a Dios y le “abriría la puerta” a la Vida que no tiene fin. Hay que tener MUCHA fe para llamar “hermana” a la muerte… Yo no puedo… ¿y tú?

Francisco había pedido a su amiga, “fray” Jacoba, que le trajese aquellos dulces que tanto le gustaban… esos que también le gustaban a Bernardo… y le hizo venir para compartirlos con él… aprovechó entonces y lo bendijo, también al resto de los que allí estaban… Bendijo también a los que habían pasado por la orden y a los que vendrían a ella… a mí (aunque algún fraile me dirá que solo a “ellos”), a ti y a los que vendrán… A todos los que vivimos y viran este carisma, a todos los que optamos y optarán por seguir Cristo siguiendo las huellas del pobre de Asís…

Al sentir que su hora llegaba, pidió que le leyeran el Evangelio. No uno cualquiera, no, pidió el de Juan, el capítulo 13, el de la Ultima Cena y el lavatorio de los pies… Como si fuese un resumen, un testamento, el servicio a los hermanos, hasta el final… a los pies de los hermanos hasta el final…

¡Ojalá también nosotros podamos decir, como Francisco, “bienvenida hermana muerte!”. Ojalá podamos mirar atrás, conscientes de que nos ha llegado la hora, y sentirnos satisfechos de una vida de servicio a los hermanos. Ojalá tengamos un último momento para despedirnos de los nuestros y bendecirlos…

Ojalá nuestra muerte sea feliz, en paz y rodeado de aquellos que amamos…

No importa cuánto tiempo hayamos vivido, sino cuanto hayamos amado y cuanto nos hayan amado…

“Se han abierto las puertas de la gloria, se apresuran celestes mensajeros: ¡Francisco, ven, hermano, con nosotros, junto al Señor guardado esta tu puesto!”

¡Paz y Bien!

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