ESPÍRITU DE JUSTICIA: “A veces hay un grito dentro”
Uno mira por la ventana, estos días, a ver qué tal tiempo va a hacer. Tal vez, si andas de vacaciones, ves la playa, el mar, la montaña, un paisaje que te ayuda a reconciliarte con la naturaleza. Es posible que busques silencio y lo hayas encontrado en un paraje más despoblado, lejos de la ciudad y su bullicio. O que quieras marcha, y la halles en algún destino turístico de moda, donde abunda la fiesta, la celebración y el entretenimiento.
Pero luego te asomas a esa otra ventana digital, que nos abre los ojos al mundo. Y empiezas a ver que el planeta está atravesado por heridas y fracturas. Atrocidades bélicas que dejan como víctimas a los inocentes. Muros, vallas, barcazas que se hunden arrastrando con ellas sueños de supervivencia y progreso. Una procesión que rinde pleitesía a un padrino en una región dominada por la mafia. Un avión bombardeado en pleno vuelo que deja cientos de vidas truncadas, y otras muchas golpeadas para siempre. Corruptelas que siguen salpicando, día sí y día también, los titulares de la actualidad. El ébola, un nombre de resonancias casi míticas, pero que parece ajeno porque mata lejos, allá donde la vida parece que vale menos. Puertas silenciosas, tras las que se ocultan angustias domesticas, como es que ya no llega ni para que los más pequeños coman bien.
Y en ese contraste brota una amalgama de certidumbres. El reconocimiento de vivir en una burbuja, en medio de un mundo expuesto al vértigo de una humanidad desbocada. La constatación de que uno ha de conjugar gratitud por todo lo que en la vida es bendición y oportunidad, y al mismo tiempo sentirse responsable para devolver algo de todo eso recibido. Y una oración, constante, necesaria, recurrente:
“Que no cierre los ojos. Que me duela la realidad. Que sepa hacer algo. Que rompa las burbujas, y que tenga el coraje de dejar que el grito del mundo me llegue muy dentro”.
José María R. Olaizola
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