El pecado se perdona, la corrupción no puede ser perdonada

Jorge Mario Bergoglio

Papa Francisco

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«Pecador, sí». Qué lindo es poder sentir y decir esto y, en ese momento, abismarnos en la misericordia del Padre que nos ama y en todo momento nos espera. «Pecador, sí», como lo decía el publicano en el templo […]. ¡Pero qué difícil es que el vigor profético resquebraje un corazón corrupto! Está tan parapetado en la satisfacción de su autosuficiencia que no permite ningún cuestionamiento. «Acumula riquezas para sí y no es rico a los ojos de Dios» (Lc 12,21). Se siente cómodo y feliz como aquel hombre que planeaba construir nuevos graneros (Lc 12,16-21), y si la situación se le pone difícil conoce todas las coartadas para escabullirse como lo hizo el administrador astuto (Lc 16,1-8) […]. El corrupto ha construido una autoestima basada precisamente en este tipo de actitudes tramposas; camina por la vida por los atajos del ventajismo a precio de su propia dignidad y la de los demás. El corrupto tiene cara de yo no fui, «cara de estampita», como decía mi abuela. Merecería un doctorado honoris causa en cosmética social. Y lo peor es que termina creyéndoselo. ¡Y qué difícil es que allí entre la profecía! Por ello, aunque digamos «pecador, sí», gritemos con fuerza «¡pero corrupto, no!» […].

Podríamos decir que el pecado se perdona; la corrupción, sin embargo, no puede ser perdonada. Sencillamente porque en la base de toda actitud corrupta hay un cansancio de trascendencia: frente al Dios que no se cansa de perdonar, el corrupto se erige como suficiente en la expresión de su salud: se cansa de pedir perdón.

Este sería un primer rasgo característico de toda corrupción: la inmanencia. En el corrupto existe una suficiencia básica, que comienza por ser inconsciente y luego es asumida como lo más natural. La suficiencia humana nunca es abstracta. Es una actitud del corazón referida a un tesoro que lo seduce, lo tranquiliza y lo engaña: «Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida» (Lc 12,19). Y, de manera curiosa, se da un contrasentido: el suficiente siempre es —en el fondo— un esclavo de ese tesoro; y cuanto más esclavo, más insuficiente en la consistencia de esa suficiencia. Así se explica por qué la corrupción no puede quedar escondida: el desequilibrio entre el convencimiento de auto-bastarse y la realidad de ser esclavo del tesoro no puede contenerse. Es un desequilibrio que sale fuera y, como sucede con toda cosa encerrada, bulle por escapar de la propia presión… y —al salir— desparrama el olor de ese encerramiento consigo mismo: huele mal. Sí, la corrupción tiene olor a podrido […]. Generalmente el Señor lo salva con pruebas que le vienen de situaciones que le toca vivir (enfermedades, pérdidas de fortuna, de seres queridos, etc.) y son estas las que resquebrajan el armazón corrupto y permiten la entrada de la gracia. Puede ser curado.

De ahí que la corrupción, más que perdonada, debe ser curada. […] Es como una de esas enfermedades vergonzantes que se trata de disimular, y se esconde hasta que no puede ocultarse su manifestación… Entonces comienza la posibilidad de ser curada […].

En la conducta del corrupto la actitud enferma resultará como destilada y, a lo más, tendrá la apariencia de debilidades o puntos flojos relativamente admisibles y justificables por la sociedad. Por ejemplo: un corrupto de ambición de poder aparecerá —a lo sumo — con ribetes de cierta veleidad o superficialidad que lo lleva a cambiar de opinión o a reacomodarse según las situaciones: entonces se dirá de él que es débil o acomodaticio o interesado… pero la llaga de su corrupción (la ambición de poder) quedará escondida. […] El pecador, al reconocerse tal, de alguna manera admite la falsedad de este tesoro al que se adhirió o adhiere… el corrupto, en cambio, ha sometido su vicio a un curso acelerado de buena educación; esconde su tesoro verdadero, no ocultándolo a la vista de los demás sino reelaborándolo para que sea socialmente aceptable. […] Y la suficiencia crece… comenzará por la veleidad y la frivolidad, hasta concluir en el convencimiento, totalmente seguro, de que uno es mejor que los demás. […] El corrupto se erige en juez de los demás: él es la medida del comportamiento moral. […] «… Yo no soy como ese» significa «ese no es como yo, y por ello te doy gracias». […] La corrupción lleva a perder el pudor que custodia la verdad, el que hace posible la veracidad de la verdad. El pudor que custodia, además de la verdad, la bondad, belleza y unidad del ser. La corrupción se mueve en otro plano que el del pudor: al situarse más acá de la trascendencia, necesariamente va más allá en su pretensión y en su complacencia. Ha transitado el camino que va desde el pudor a la «desfachatez púdica». […]

Unido a este ser medida de juicio hay otro rasgo. Toda corrupción crece y, a la vez, se expresa en atmósfera de triunfalismo. El triufalismo es el caldo de cultivo ideal de actitudes corruptas, pues la experiencia les dice que esas actitudes dan buen resultado, y así se siente ganador, triunfa. […] El corrupto no tiene esperanza. El pecador espera el perdón… el corrupto, en cambio, no, porque no se siente en pecado: ha triunfado. […] El corrupto no conoce la fraternidad o la amistad, sino la complicidad. […] Por ejemplo, cuando un corrupto está en el ejercicio del poder, implicará siempre a otros en su propia corrupción, los rebajará a su medida y los hará cómplices de su opción de estilo. […] El pecado y la tentación son contagiosas, la corrupción es proselitista.

(Fragmentos del libro Corrupción y pecado. Algunas reflexiones en torno al tema de la corrupción, Ed. Claretiana, Buenos Aires 2005, pp. 9-10.19-23.26-29.)