Semana Santa 2015: turno de vela joven

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LAS SIETES PALABRAS DE JESÚS EN LA CRUZ.

 Primera palabra:
PADRE, PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN
Y cuando llegaron a un lugar llamado La Calavera, lo crucificaron allí, a El y a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y se repartieron sus ropas echándolas a suerte. (Lc 23,33-34)


 
Los que te crucifican son ignorantes. Engatusados, engañados y mandados por los dirigentes están cumpliendo simplemente las ordenes. Al fin y al cabo, tus crucificadores son solo unos pobres ganapanes que se limitan a seguir las ordenes fiel y escrupulosa- mente. Ellos, ciertamente, no son los culpables.

Los dos bandidos crucificados a su lado nos recuerdan las palabras del Padre en el día del juicio: Venid o alejaos de mí, porque tuve hambre y sed… y me atendisteis o no me atendisteis. Nos invitan a la elección, a saber donde tenemos que poner  nuestra mirada, cómo tenemos que actuar y a reconocer o no reconocer al Crucificado como el Hijo de Dios.

¿Qué podemos decir de nuestro pecado?. A veces, el pecado es justamente nuestra “ignorancia”: no saber vivir según el Evangelio porque nos dejamos engañar, embaucar y atosigar por los criterios mundanos. Nuestra ignorancia es con frecuencia una ignorancia culpable, porque no nos esforzamos por reconocer la presencia de Dios en nuestra vida y en nuestra historia; porque nos es mas fácil y menos exigente la sabiduría del mundo; porque nos conformamos con “no hacer nada malo” y no queremos aprender a hacer el bien.
 Padre, perdónanos porque no queremos saber; porque solo sabemos las cosas, los criterios, los intereses y las actitudes del mundo.

 Segunda palabra:
EN VERDAD TE DIGO: HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. Pero el otro le increpaba: ¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha fallado en nada. Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Jesús le respondió: Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23,39-43)
 
 El “mal ladrón” busca el milagro, el gesto extraordinario, el poder apabullante que no deje lugar a dudas. Es el símbolo de los que buscan a un dios que se imponga, que demuestre su omnipotencia y haga callar y avergonzarse a los que dudan, que no respete la libertad; en definitiva, un dios dictador.

El “buen ladrón” nos recuerda la parábola de aquellas higuera que no daba fruto y el dueño quería arrancar, pero el labrador pidió trabajarla un año mas para ver si fructificaba. Y nos recuerda también la infinita paciencia de Dios en la espera de nuestra conversión.

El “buen ladrón” -Dimas, según la tradición- comienza por reconocer su culpa y abrirse a la misericordia de Dios. Su petición Crucificado es un hermoso acto de humillación y de reconocimiento. Y la respuesta de Jesús no se hace esperar: hoy mismo gozara con El de la salvación.

Aprendamos que siempre es tiempo de la gracia, que nunca debemos desesperar de los demas ni… de nosotros mismos. Cada hoy puede ser un hoy de salvación, si nos arrojamos confiadamente, a pesar de nuestra historia negativa, en los brazos del Padre.
Perdona, Señor, nuestras impaciencias y desesperanzas.



Tercera palabra:
MUJER, AHÍ TIENES A TU HIJO; HIJO AHÍ TIENES A TU MADRE

Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego, dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. (Jn 19,26-27)

 

En la entrega de su madre al discípulo y en la acogida de este, esta naciendo una nueva filiación, la verdadera filiación: “mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. La carne y la sangre quedan superadas por la nueva genética de la adopción divina. Ahora si es verdad que todo hombre es mi hermano, que nuestro Padre es Uno, que nuestra Familia es Una: las de los que escuchan y cumplen, la Iglesia.

Como en todo parto, la Iglesia nace con dolor, nace al pie de la Cruz. La Madre y el Discípulo inician el parto de la Iglesia, que sera definida definitivamente en Pentecostés. Y la Iglesia familiariza a todos los hombres que escuchan y creen sin considerar razas, situaciones, condiciones o procedencias. La Iglesia continua y habilita esta entrega de la Madre y esta acogida del Discípulo. No se puede aceptar al Crucificado sin sumarse a esta nueva filiación, la filiación definitiva. No se puede aceptar al Crucificado sin acoger nosotros, como el Discípulo, a la madre, y, con ella, a todos los discípulos que nacen a la fe.

Perdona, Padre Dios, nuestro rechazo de la Iglesia cuando no nos conviene. Perdona nuestro rechazo a los hermanos. Perdona que no acojamos y vivamos la filiación definitiva.

Cuarta palabra:
DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

A media tarde, Jesús grito: Elí, Elí, lamá sabaktaní. (Es decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). (Mt 27,46)

Lo que a simple oídas parece un acto de desesperanza, es un acto enorme de confianza. Jesús Crucificado esta rezando con el salmo con que los judíos cierran su jornada. Se pone en las manos de Padre en esta dramática situación, igual que se había puesto en sus manos en las situaciones de bonanza.

Es, justamente, en los momentos mas amargos cuando la con- fianza en el Padre debe mas manifestarse. Una confianza, aun cuan- do no se vea fácil salida a la aparente encerrona en la que nos encontramos. Una confianza que deja en las manos del Padre el desenlace final, porque “se de quien me he fiado”.

Es, en definitiva, saber y saborear que en mi, en mis circunstancias y situaciones, y en los demás, y en la historia… esta arropándonos y actuando la hermosa Providencia de Dios, que nos conduce y conduce todo hacia su plenitud.

Por que El nos conoce, El sabe que necesitamos aun sin que se lo pidamos. Y, desde esta seguridad, todas las sombras, todos los males, todos los sinsabores… son sólo apariencia. Y “la apariencia de este mundo pasara”, y “nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva”.

Perdona, Padre, nuestra desconfianza. Perdona no abandonarnos a tu Providencia amorosa.
 


Quinta palabra:
TENGO SED

Sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed. (Jn 19,28)

“Como busca la cierva corrientes de agua”, asi en este instante esta hambreando el Maestro la Fuente, al Padre. El sabe bien dónde esta, aunque ahora es “de noche”, aunque ahora parece estar lejos, aunque ahora Satanás, por medio del mal ladrón le esta tentando, como en el desierto, a dar un golpe de efecto incuestionable.

El ha venido a cumplir la voluntad de su Padre, a que se “cumpla la Escritura”, es decir, a que salda adelante el plan de Dios. Y nada ni nadie se lo va a impedir. Su sed es sed de asumir hasta el fondo ese plan de Dios.

Pero es una sed también de suplica y de deseo. Quiere que los suyos entiendan y asuman su destino, que sepan y acojan que es así cómo quiere el Padre que sucedan las cosas: “el Hijo del Hombre va aser entregado en manos de los hombres”. Tiene sed de que los suyos sigan su camino: “el discípulo no es mas que su Maestro”, “vosotros sois mis amigos se hacéis lo que Yo os mando”. Tiene sed de una Iglesia sedienta de Dios.

Y quiere nuestra sed y nuestra hambre: “tomad y comed, esto es mi Cuerpo; tomad y bebed, este es mi Sangre”.

Perdona, Señor, nuestras fáciles y vacías harturas. Perdona, Señor, que no busquemos la Fuente que mana y corre aunque nos sea de noche.

Sexta palabra:
TODO SE HA CUMPLIDO
Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: Está cumplido. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu. (Jn 19,30)

“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Ahí está, ya ha cumplido el Plan del Padre, le ha entregado hasta su ultimo aliento. Un ultimo aliento con sabor al vinagre de la injusticia, del desamor, del odio, del pecado de los hombres y del mundo. Un ultimo aliento con sabor al vinagre de la soledad, de la incomprensión, de ser contado entre los malhechores, de haber sido el Siervo Doliente.

Ahora el Maestro puede sentir: “he sido un pobre siervo, he hecho lo que tenia que hacer”. Ahora, como Simeón, puede gustar: “ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. Ahora, ya puede alegrarse de que se ha ocupado “de las cosas de su Padre”.

Todo esta cumplido de su parte. Sólo cabe esperar el cumplimiento del Padre, su Palabra definitiva, su glorificación. El Maestro muere con esa convicción y en esa esperanza, porque sabe que “quien confía en Dios no queda defraudado”.

Perdona, Padre, cuando nos sentimos defraudados porque las cosas no nos van como nosotros las entendemos. Perdona que no entreguemos todo nuestro ser para que se cumpla la Escritura.

Séptima palabra:
PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU

Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto expiró. (Lc 23,44-46)

Ciertamente, cuando Dios no esta todo se cubre de tinieblas, porque el Sol se oscurece. Sin Dios todo es negrura, vacío, soledad irrellenable.

Pero ocurre que cuando en nosotros Dios parece no estar, porque no lo vemos o lo hemos desterrado de nuestras vidas, siempre un velo se rasga, una ventana se abre, una estrella brilla… Porque Dios nos regala constantemente sus signos y se va abriendo paso en las tinieblas que nos envuelven. Sólo nos basta entonces acoger la luz que nos llega desde esa grieta, desde esa ventana, desde esa estrella.

“Estoy a la puerta y llamo”, nos dice. “Mirad: mi Amado se ha ha parado detrás de la tapia, atisba por las ventanas, mira por las celosías; me habla y me dice: Levántate, amada mía, hermosa mía, ven a mi”, canta el Cantar de los Cantares. Y san Juan de la Cruz yiene la hermosa experiencia de que el Señor por donde pasa deja todo “vestido de su hermosura”.

Estas tinieblas que ahora envuelven el mundo y la historia es- tan ya siendo iluminadas. El velo del templo se ha rasgado, el Padre esta entrando ya por esa rendija y va a hablar.
Perdona, Padre, no saber acoger la luz que nos regalas en las tinieblas. Perdona no leer la estrella que nos mandas. Perdona que no abramos la ventanas detrás de la cual nos estas esperando.