ESTAD EN VELA – JUEVES SANTO 2015
Jueves Santo 2015
“ESTAD EN VELA”
En Getsemaní
Queremos acompañar a Jesús a lo largo de esta noche. El tiempo como tal no importa tanto, sino el espíritu y la intensidad.
Acompañar a Jesús es poco. Mejor es unirse a él, compartir sus sentimientos, poner nuestro corazón junto al suyo. Esto exige silencio interior y vacío espiritual.

No adoréis a nadie más que a Él.
No adoréis a nadie, a nadie más que a Él. / (2)
No adoréis a nadie, a nadie más. / (2)
No adoréis a nadie, a nadie más que a Él.
Porque sólo Él, nos puede sostener. / (2)
No adoréis a nadie, a nadie más. / (2)
No adoréis a nadie, a nadie más que a Él.

Nadie tiene amor más grande…
Hoy hemos celebrado un día hermoso. Pero a partir de este momento el amor se hace realidad en su faceta más cruda: la entrega. El amor no puede quedarse en un puro sentimiento. Tiene que llegar un momento en que es capaz de darlo todo.
Jesús está a punto de darlo todo por amor a nosotros. Ahora es cuando empieza de verdad su pasión. En esta noche oscura, Jesús tiene que decidir entre seguir adelante o abandonar su proyecto presa del miedo. No es fácil, es una angustia mortal la que siente, y está solo.
Vamos a acompañarle en su soledad y su sufrimiento. Pero sobre todo vamos a intentar comprender el significado de su entrega. Lo haremos a través de un acto simbólico que resume todo el día de hoy. La entrega y el sacrificio no tienen sentido por sí mismos. Solo tienen sentido desde el amor que cuando se entrega y se sacrifica se multiplica por mil.
Estemos atentos, en silencio, preparémonos para sentir con todas nuestras fuerzas. El amor está solo y en agonía.

“Quien pierde la vida por mí”
Quien pierda su vida por mí,
la encontrará, la encontrará, la encontrará.
Quien deja su padre por mí, su madre por mí, me encontrara, me encontrara.
No tengas miedo, no tengas miedo yo estoy aquí, yo estoy aquí.
Quien deja su tierra por mí, sus bienes por mí, sus hijos por mí, me encontrará.
No tengas miedo,
yo conozco a quienes elegí, a quienes elegí.
Quien pierda su vida por mí,
la encontrará, la encontrará, la encontrará…
Señor, vengo a tu presencia…
Señor,
Vengo a tu presencia porque, en primer lugar, te necesito.
y porque, en esta noche santa y misteriosa, si me duermo
siento que puedo perderte para siempre
Por eso, aún disponiendo de escaso tiempo y del sueño que me tienta
quiero permanecer un momento junto a Ti
ayúdame a mantenerme en vela cuando Tú das tanto por nosotros
Te doy gracias, Señor, por la vida, por tu cruz que aguarda.
Te doy gracias, Señor, por aquellos a quienes más quiero
Te doy gracias, Señor, por estar ahí ofreciéndote
esperándome, cuidándome y escuchándome.
Estar junto a Ti, Señor, es sacar fuerzas para seguir adelante
Al postrarme en tu presencia,
siento que, tu mano, me anima y me conforta
me empuja y me alienta a seguir adelante.
Tú sabes, Señor, las preocupaciones que tengo interiormente
Tú sabes, Señor, lo que ahora mismo ocurre en mi interior.
Tú sabes, Señor, lo que –alguien que está en mi memoria-
requiere de Ti y, en su nombre, traigo su súplica.
Tú, Señor, dijiste “pedid y se os dará”, “estad en vela”
Yo, no te pido grandes cosas para mí.
Pero, Señor, dame un poco de luz en la oscuridad
Suerte en el caminar, perseverancia en mi fe
Alegría en el corazón, fortaleza en mi vida cristiana
Fe y esperanza en lo que hago, soy y pienso.
Acepta, Señor, esta humilde oración y, ahora,
-si quieres- háblame un poco en lo más hondo
de mi corazón. Lo necesito, pues al igual que Tú
también digo en muchas situaciones: “pasa de mi este cáliz”

Sí me olvido de ti, tú no te olvides de mí
Ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles.
Si me das fortuna, no me quites la razón.
Si me das éxito, no me quites la humildad.
Si me das humildad, no me quites la dignidad.
Ayúdame siempre a ver la otra cara de la medalla, no me dejes inculpar de traición a los demás por no pensar igual que yo.
Enséñame a querer a la gente como a mí mismo y a no juzgarme como a los demás…
No me dejes caer en el orgullo si triunfo, ni en la desesperación su fracaso.
Más bien recuérdame que el fracaso es la experiencia que precede al triunfo.
Enséñame que perdonar es un signo de grandeza y que la venganza es una señal de bajeza.
Si me quitas el éxito, déjame fuerzas para aprender del fracaso.
Si yo ofendiera a la gente, dame valor para disculparme y si la gente me ofende, dame valor para perdonar.
¡Señor… si yo me olvido de ti, nunca te olvides de mí!

En mi debilidad
En mi debilidad,
me haces fuerte. (2)
Sólo en tu amor
me haces fuerte.
Sólo en tu vida
me haces fuerte.
En mi debilidad
te haces fuerte en mí.
Habla el Silencio
Habla el silencio y cesan las melodías. Y no porque estemos de luto sino porque necesitamos un espacio para la reflexión y la contemplación del drama de Cristo: ha muerto por nosotros en una cruz.
Como Judas, miramos desde lejos al Señor. ¡Te he vendido, mi Señor ¡Sin darme cuenta o siendo consciente de ello te empujé a subir a la cruz con mi cobardía o mi afán de oportunidades.
Sí, mi Señor. Somos como ese apóstol que, teniendo a Dios delante de sus ojos, pudo más su apego al ruido del dinero, su servicio al poder que su fidelidad al que tanto había compartido contigo. Déjanos, Señor, ver tu cruz por lo menos desde lejos. También nosotros, en estas horas de generosidad y de entrega, sentimos que te olvidamos frecuentemente. Que el precio por el que te cambiamos es a veces mucho menor que aquel por el cual te traicionó el apóstol ingrato.
Como Pedro, necesitamos querer tu cruz. Porque, como Pedro, también constantemente te negamos. Porque no queremos ver la cruz en el horizonte de nuestra vida. Porque, incluso como Pedro en el Tabor, quisiéramos una vida sin lucha, sin sufrimiento. Un Dios que se desentendiera de los padecimientos de la humanidad.
Hoy, Señor, al contemplar tu cruz en este Viernes Santo….vemos que no hay tres negaciones escritas en sus dos maderos. Que, en ellos, se encuentran cinceladas y a millones las contradicciones de nuestra vida cristiana, nuestra tibieza a la hora de dar nuestra cara por ti, nuestro arrojo con las cosas del mundo y nuestra timidez para con las cosas de tu Reino. ¿Nos dejas contemplar como Pedro, desde lejos Señor, tu Santa Cruz?
Como Juan, permítenos estar debajo de tu cruz. Porque, también como Juan, necesitamos recostar nuestra cabeza ya no en tu pecho sino sentir la sangre que baja con fuerza por su madero. Como Juan, oh Jesús, también pretendemos el cielo (un puesto a tu derecha o a tu izquierda) sin mayor esfuerzo que una petición como contraprestación a nuestra amistad contigo.
Sí, Señor. Déjanos como Juan, tu preferido, recibir al pie de la cruz –además del regalo que nos aguarda en la mañana de Pascua- a esa Madre que nos invita a estar firmes y en guardia hasta el día en que tú, de nuevo regreses para llevarnos contigo, para darnos nueva vida, para resucitarnos a una vida gloriosa y resucitada.
Como a María, admítenos por lo menos unos minutos para ser testigos de tanta pasión y de tanto desgarro. Porque, como María, también quisiéramos ser centinelas de tu amor que, en la cruz, lejos de morir se convertirá en semilla de eternidad para todos nosotros. Déjanos, oh Cristo, al pie de la cruz formar parte de la incipiente Iglesia, ser hijos de María y recibirla como Madre que permanece fiel, silenciosa fuerte y solidaria para acompañarnos en las noches oscuras del alma.
Muéveme
“Muéveme, mi Dios, hacia Ti.
Que no me muevan
los hilos de este mundo, ¡No!
Muéveme, atráeme hacia Ti,
desde lo profundo…”

Oración ante la cruz
Ante ti, oh cruz, aprendo lo que el mundo me esconde:
que la vida, sin sacrificio, no tiene valor
y que la sabiduría, sin tu ciencia, es incompleta
Eres, oh cruz, un libro en el que siempre
se encuentra una sólida respuesta.
Eres fortaleza que invita a seguir adelante
a sacar pecho ante situaciones inciertas
y a ofrecer, el hombro y el rostro,
por una humanidad mendiga y necesitada de amor.
Ahí te vemos, oh Cristo, abierto en tu costado
y derramando, hasta el último instante,
sangre de tu sangre hasta la última gota
para que nunca a este mundo que vivimos
nos falte una transfusión de tu gracia
un hálito de tu ternura de tu presencia
una palabra que nos incite
a levantar nuestra cabeza hacia lo alto.
En ti, oh cruz, contemplamos la humildad en extremo
la obediencia y el silencio confiado
la fortaleza y la paciencia del Siervo doliente
la comprensión de Aquel que es incomprendido
el perdón de Aquel que es ajusticiado.
En ti, oh cruz, el misterio es iluminado
aunque, en ti, Jesús siga siendo un misterio.

Nada nos separá
Nada nos separará,
Nada nos separará,
Nada nos separará,
del Amor de Dios.


