El comportamiento dentro de la Iglesia

Volvemos después de la Semana Santa. Felices porque Jesús ha resucitado, porque nosotros los cristianos creemos en un Dios vivo, porque ha vencido a la muerte y nos ha dado su AMOR.

Antes de continuar con nuestra reunión hagamos un evaluación de cómo yo he vivido esta Semana Santa.

Revisión de Semana Santa:

  1. ¿Cómo he celebrado la Semana Santa? ¿Cómo un cristiano o como un ateo? ¿Cómo un cofrade cristiano o como un cofrade a secas?
  2. ¿Me he encontrado con Dios? ¿He acompañado a Jesús en su Pasión, Muerte yResurrección?
  3. ¿Han servido las reuniones de Cuaresma para vivir mejor la Semana Santa?
  4. ¿He celebrado la Semana Santa con el grupo Kairós? (Confesiones, Domingo de Ramos, recepción de los Santos Óleos, turno de vela, oficios, Vigilia Pascual…? Sí/No ¿Por qué? ¿Qué es lo que más me ha gustado?
  5. Jesús me esperaba en el Sagrario, en la Eucaristía, en el silencio de la oración… ¿Me he perdido en el ruido de la calle o lo he buscado?

“La PAZ del resucitado para el mundo”

Comportamiento en la Eucaristía

Cuando vamos a una Iglesia, ¿qué es lo que tenemos que hacer? ¿Y en la Eucaristía? ¿Sabemos que hay que hacer en cada momento y por qué se hace? A continuación, trataremos este tema y aprenderemos más sobre cómo hay que comportarse en la eucaristía.

Lo primero que vamos a presentar en una reflexión de Sonia Vazquez sobre el comportamiento en las Iglesia. Leámoslo.

“SILENCIO EN LA IGLESIA, POR EL AMOR DE DIOS”

El silencio del alma nos lleva a una conversación interior con Dios, que nos eleva hasta mostrarnos, aunque solo sea durante unos instantes, ese cielo que nos espera. Son esos momentos de calma total en los que repetimos como lo hicieron los Apóstoles, “Señor que bien se está aquí”. No obstante, esa paz interior, se quiebra fácilmente hoy en día y no tanto por nuestra voluntad de querer salir de ese estado de bienestar, sino por el ruido exterior, ese que se ha apoderado de nuestras Iglesias y que rompe de manera absoluta el “silentium” que debería reinar.

¿Qué es el silencio? Según el diccionario, no es más que “la abstención de hablar, falta de ruido”

Cuando entramos en una Iglesia, con un solo golpe de vista o de oído, podemos catalogarla inmediatamente en el grupo de “ruidosa” o “silenciosa” y ciertamente es una pena, que tengamos que hacer estas clasificaciones.

Barullo, ruido, conversaciones, ¿Donde tenemos la cabeza cuando estamos en el Templo?

Hablamos antes, durante y después. Entramos hablando, continuamos hablando y salimos hablando…Pero no hablando con Dios, ese es el problema.

El otro día, diez minutos antes de empezar la Santa Misa, las personas que estaban detrás de mí, hablaban distendidamente, como quien se sienta en el parque, ve la vida pasar y comenta todo…hasta lo que no tiene comentario. Me llamó la atención, algo de lo que dijeron “mira, el del alzacuellos debe ser un cura”. Es decir, nos aburrimos tanto en la Iglesia, que hablamos hasta de lo que es evidente. ¡Que absurdo! No pensamos en Dios, no pensamos en los que están a nuestro alrededor, pero, es que ni siquiera pensamos en nuestra propia alma. Cuánto diálogo con el Señor nos falta hoy en día y en vez de eso, preferimos gastarnos y molestar con absolutas tonterías a los que están a nuestro lado. ¡Somos un mal ejemplo tantas veces!

Entramos en la Iglesia como elefantes, rompiendo ese silencio Divino, saludando a todo el mundo, menos a nuestro Dios. Contamos nuestra vida allí, sentados, de pie, da igual, con el primero que se nos pone a tiro, disertamos de lo que sea. Hablamos, hablamos y no paramos de hablar, pero no hablamos con Jesús

Observo en algunas Iglesias cuando empieza a sonar la música, antes de que salga el Sacerdote, como la expresión hablar cambia a gritar, ya que el volumen de la música, entorpece la conversación. Las voces, esas mismas que repiten en tono apenas audible las oraciones del Sacerdote, se elevan por encima de los instrumentos musicales…Ni Tarzán en la selva y todo para contar, lo caro que está el pescado hoy en día. Habría que sugerirle al Sacerdote, que por favor, nada de músicas, ya que impiden terminar tan brillantes discursos.

Solo hay ruido y más ruido. Empieza la misa y siguen las puertas abriéndose y cerrándose, los móviles sonando, como si siguiéramos en la calle, incluso los más osados contestan y se atreven a decir “estoy en Misa”. Sí, estamos, pero no participamos. Estamos por estar.

Llega la homilía del Sacerdote, para algunos, “el momento papel”, abrimos los caramelos, revolvemos en el bolsillo, en el bolso e incluso revisamos la factura del Supermercado. A eso llega la osadía de algunos, a hacer la contabilidad casera en la Iglesia. Después están los que necesitan mejorar su circulación y no pueden estar tanto tiempo en el mismo sitio y ni cortos ni perezosos antes de la Consagración, se acercan al lampadario a encender las velas a los Santos. Falta haría una intercesión, para frenar estos atentados.

Lo importante es romper el silencio. ¿Falta de educación, falta de amor a Dios, falta de amor a la Comunidad Parroquial?..Un poco de todo, así es la cosa.

Estamos convirtiendo nuestras Iglesias en centros de recreo, lugares a los que vamos a pasar un rato, a matar el tiempo, a hablar de trivialidades, incluso a criticar, se escuchan aunque uno quiera, conversaciones de todo tipo, impropias de un Católico.

Necesitamos recuperar el silencio en nuestras Iglesias para que nuestro diálogo con Dios, nos lleve a un encadenamiento total de nuestra alma con la de Él. Tenemos que ser capaces de marcarnos metas tan simples como apagar el móvil, juntar las manos una con otra en actitud orante, sellar nuestros labios y simplemente, mirar a Dios y dejarnos consumir por Él. ¿Objetivo alcanzable o inalcanzable?

“El silencio interior y exterior es imprescindible para abrir la profundidad del ser de cada uno a Dios”

(Benedicto XVI)

SONIA VAZQUEZ

LA CORUÑA (ESPAÑA)

 

En muchas ocasiones, nos han regañado o nos hemos quebrado la cabeza cómo debemos ir vestidos para la Iglesia. De igual modo que a una fiesta no iríamos con pijama, ni a jugar un partido de padel con tacones y los chicos con traje, a la Iglesia también se debe de ir adecuadamente para la ocasión. ¿Cómo hemos de vestirnos?

Como Vestimos

La forma en que vestimos refleja cuanto respetamos al anfitrión y la dignidad del evento. Es por eso, por ejemplo, que nos presentamos bien vestidos a una entrevista de trabajo, a un banquete de gala, a una boda o un funeral.

Si los católicos comprendiesen el significado sublime de la Santa Misa, deberían manifestar el mayor respeto en la forma que se visten. 

No se trata de juzgar a las personas por su apariencia. Bien nos lo enseña Santiago:

Supongamos que entra en vuestra asamblea un hombre con un anillo de oro y un vestido espléndido; y entra también un pobre con un vestido sucio;  y que dirigís vuestra mirada al que lleva el vestido espléndido y le decís: «Tú, siéntate aquí, en un buen lugar»; y en cambio al pobre le decís: «Tú, quédate ahí de pie», o «Siéntate a mis pies». ¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos? -Santiago 2,2-4.

La persona con vestido sucio puede que haya salido del trabajo y que sea su única oportunidad de asistir a misa. Puede que venga con grandes problemas personales y no está pensando en su forma de vestir. En fin, hay muchas razones y no se debe juzgar. Es importante que extendamos una bienvenida llena de amor a todos.

Sin embargo, debemos juzgarnos a nosotros mismos. Si vamos a misa vestidos como si fuéramos a cualquier evento, sin estamos descuidando la forma de vestir en la iglesia, hacemos mal. Recordemos que somos unidad de cuerpo y alma. Todo nuestro ser debe prepararse para la gran celebración que es la misa dominical. Todo lo visible ayuda a elevarnos al Dios invisible: La arquitectura, la música, las vestimentas del sacerdote, las imágenes sagradas, los utensilios sagrados, en fin, todo, debe manifestar la sublime importancia de la Santa Misa.

Aun si somos pobres, vistamos para el Señor lo mejor que tenemos, con dignidad.Lo importante es la actitud que representan nuestros actos. He podido constatar muchas veces como los campesinos pobres van a la Santa Misa bien arreglados. No tienen ropa de lujo pero visten lo mejor que tienen. Hay un ambiente de respeto que manifiesta que la Misa es lo más importante.

Si no vestimos la mejor ropa para la Santa Misa, ¿para quien la reservamos?. Recordemos que no solo se habla con las palabras sino también con el lenguaje de nuestras actitudes externas. Es por eso que Jesús nos enseña en el Evangelio de San Mateo:

«Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?” El se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.” -Mateo 22,11-13

Evidentemente no se trata de un pobre que no tenía otra cosa que vestir, pues entonces aplicaría el pasaje de Santiago expuesto arriba. Se trata de una falta de respeto que no se puede justificar.

Si visitamos las basílicas de Roma encontraremos que allí no permiten pantalones cortos, vestidos sin mangas o escotes provocativos. No vamos a discutir aquí la delimitación exacta de cada pieza. El pudor y el respeto nos deben guiar. No abogamos tampoco por hacer de la ropa el centro de la atención. Pero hoy día nos hemos ido al otro extremo y olvidado que vestir respetuosamente si tiene su importancia.

 

Como actuamos en la Iglesia

La Iglesia es un lugar sagrado, reservado para el culto a Dios. El Santísimo Sacramento está en el tabernáculo y Su Presencia Real requiere de nosotros la mayor reverencia. Es por eso que,aunque no se esté celebrando la Santa Misa, el ambiente en la iglesia debe conducir a la oración y el respeto a Dios.

No es que la casa de Dios sea un lugar sombrío y severo pero tampoco es lugar para diversión ni para andar a las anchas. Es mas bien un lugar sagrado, diferente a todos los demás. ¡Es casa de oración! No es necesaria la rigidez pero no se debe andar como en el parque o en un centro comercial. Toda nuestra actitud debe reflejar nuestra fe en la Presencia de Cristo.

Tenemos la obligación moral de reflexionar sobre nuestro propio comportamiento y enseñar a nuestros hijos. Los sacerdotes y los encargados de formación deben igualmente enseñar el respeto debido en la iglesia.

Algunas reglas:

En la Iglesia:

  • Prohibidos chicles, comidas y bebidas.
  • Vestir decorosamente. Evitar escotes y vestidos provocativos; evitar jeans, pantalones apretados, shorts, camisetas.
  • Mantener el teléfono (mobil) apagado. Nunca utilizarlo en la iglesia.
  • Persignarse con agua bendita al entrar. Nos recuerda nuestro bautismo y borra los pecados veniales
  • Hacer genuflexión ante el sagrario (tocar el suelo con la rodilla derecha)
  • Guardar silencio por respeto, para facilitar el recogimiento y la oración.  Evite conversaciones y cualquier distracción.

En la misa:

  • Saber cuándo sentarse, arrodillarse y pararse
  • Participar en las oraciones y los cantos.
  • Cuidar de no hacer ruido con los reclinatorios al levantarlos y bajarlos.
  • Sentarse con postura decorosa.
  • No acostarse en los bancos.
  • Enseñar a los niños a comportarse. No correr por la Iglesia

Para comulgar:

  • Es necesario practicar la fe católica y estar en gracia de Dios para ir a comulgar.
  • Respetar la hora del ayuno.
  • En la fila estar recogidos en oración y no andar saludando.

El descuido del respeto, orden y decoro hacia las cosas de Dios ocurre si nos dejamos llevar por lo que el mundo considera importante y “normal”.  Pero Dios exige a los suyos una forma nueva de vivir y comportarse. El hecho de que Dios es Nuestro Padre y que nos ama infinitamente no se opone a la necesidad de rendirle adoración y gloria y manifestar sumo respeto en la Iglesia. Recordemos con que celo defendió Jesús el respeto que debemos tener a la casa de Dios (Cf. Mt. 21,13).

Con el lenguaje del cuerpo también nos expresamos cuando oramos

La postura de estar de pie ante Dios expresa respeto (uno se pone en pie cuando entra alguien de más categoría), y al mismo tiempo atención y disponibilidad (uno está dispuesto a ponerse inmediatamente en camino). Si al mismo tiempo se extienden las manos para alabar a Dios (postura del orante), se adopta el gesto original de la alabanza.

  • Sentado ante Dios el cristiano escucha en su interior, deja resonar la Palabra en su corazón (Lc 2, 51) y la medita.
  • De rodillas el hombre se hace pequeño ante la grandeza de Dios. Reconoce su dependencia de la gracia de Dios.
  • Postrándose el hombre adora a Dios.
  • Juntando las manos el hombre se recoge frente a la dispersión y se une a Dios. Las manos enlazadas son también el gesto originario de la petición.