15 de Octubre: V CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SANTA TERESA DE JESÚS (1515-2015)


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Primeros pasos en la oración

Este es un bellísimo texto de Teresa, cargado de realismo, que describe la situación de quien se decide a entablar una relación de intimidad con Dios. Es preciso leerlo varias veces para entrar en la esencia del mensaje de Teresa.

Hay muy buenos propósitos al comienzo, pero pronto cunde el desánimo.

La persona está dispersa, volcada en mil distracciones. Es preciso serenar el bullicio interior y concentrar el pensamiento en Jesús.

No ceder a la tentación de abandonar, sino volver a echar el cubo al pozo. Tiempo de fidelidad a secas.

El objetivo es que la voluntad –el amor– se sienta atraída cada vez más por quien dio la vida por nosotros.

Ese esfuerzo no se pierde. En su momento se recibirá doble paga por ello.

«De los que comienzan a tener oración podemos decir son los que sacan el agua del pozo, que es muy a su trabajo, que han de cansarse en recoger los sentidos, que, como están acostumbrados a andar derramados, es harto trabajo. Han menester irse acostumbrando a no se les dar nada de ver ni oír, y aun ponerlo por obra las horas de la oración, sino estar en soledad y, apartados, pensar su vida pasada. Han de procurar tratar de la vida de Cristo, y cánsase el entendimiento en esto.

Pues ¿qué hará aquí el que ve que en muchos días no hay sino sequedad y disgusto y desabor y tan mala gana para venir a sacar el agua, que si no se le acordase que hace placer y servicio al Señor de la huerta y mirase a no perder todo lo servido y aun lo que espera ganar del gran trabajo que es echar muchas veces el caldero en el pozo y sacarle sin agua, lo dejaría todo? ¿Qué hará aquí el hortelano? Alegrarse y consolarse y tener por grandísima merced de trabajar en huerto de tan gran Emperador. Y pues sabe le contenta en aquello y su intento no ha de ser contentarse a sí sino a Él, alábele mucho, que hace de él confianza, pues ve que sin pagarle nada tiene tan gran cuidado de lo que le encomendó. Y ayúdele a llevar la cruz. Y así se determine, aunque para toda la vida le dure esta sequedad, no dejar a Cristo caer con la cruz. Tiempo vendrá que se lo pague por junto. No haya miedo que se pierda el trabajo. A buen amo sirve. Mirándole está. No haga caso de malos pensamientos.» (Libro de la Vida 11,9-10)

Oración: trato de amistad

En la experiencia de Teresa, ¡cuán lejos está la oración de ser un deber o una exigencia externa!

Aunque en los principios puede estar contaminada por imágenes deformadas de Dios o de la persona, si se camina con amor sincero, Él va transformando poco a poco la mente y el corazón del orante. Tan sólo el amor hace crecer y genera libertad.

Eso es lo que hace Dios. Por ello, Teresa encarece tanto la oración. Abandonarla es claudicar en el reto más importante del creyente: escuchar y responder a Dios.

Y nos regala su concepción de la oración como un pasar muchos momentos tratando en un clima de amistad con quien ya sabemos que nos ama. He aquí una de las convicciones más hondas de Teresa: la persona con quien vamos a tratar no nos va a reprochar nada, ni tenemos que hacer nada para granjearnos su favor. Es preciso aparcar estos pensamientos propios de la pequeñez humana y acoger así, sin más, que Él nos ama y de la manera más auténtica.

La diferencia de amor entre ambos tan sólo ha de llevarnos a no prescindir jamás del suyo. Nos va a sufrir hasta que, derrotados por su amor, acabemos libremente aceptando sus criterios. Así se supera la precariedad del amor humano.

«Y quien no la ha comenzado, por amor del Señor le ruego yo no carezca de tanto bien. No hay aquí que temer, sino que desear; porque (), a poco ganar, irá entendiendo el camino para el cielo; y si persevera, espero yo en la misericordia de Dios, que nadie le tomó por amigo que no se lo pagase; que no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama. Y si vos aún no le amáis (porque, para ser verdadero el amor y que dure la amistad, hanse de encontrar las condiciones: la del Señor ya se sabe que no puede tener falta, la nuestra es ser viciosa, sensual, ingrata), no podéis acabar con vos de amarle tanto, porque no es de vuestra condición; mas viendo lo mucho que os va en tener su amistad y lo mucho que os ama, pasáis por esta pena de estar mucho con quien es tan diferente de vos.

¡Oh, qué buen amigo hacéis, Señor mío! ¡Cómo le vais regalando y sufriendo, y esperáis a que se haga a vuestra condición y tan de mientras le sufrís Vos la suya! ¡Tomáis en cuenta, mi Señor, los ratos que os quiere, y con un punto de arrepentimiento olvidáis lo que os ha ofendido!» (Libro de la Vida 8,5-6)

Oración: amar y costumbre

Para comenzar, nos dice ella que la clave de toda relación –máxime cuando se trata de la relación de la persona con Dios– consiste en el amor. El resto es circunstancial.

Sin embargo, Teresa echa mano también de otro elemento: la costumbre.

Necesitamos hábitos incluso para amar y para amar con la ternura que sólo Dios merece. Entonces, cualquier momento puede ser una “oportunidad” para la relación: los de paz y salud como también los de zozobra y enfermedad.

Todo se puede convertir en “ocasión” para la “verdadera oración”. Así el corazón aprende a amar en todo momento.

La vida entera de la persona atraviesa entonces los umbrales del hogar de Dios y descubre su constante solicitud por ella. No es el lugar, ni la hora, ni el ambiente, lo esencial de la oración. Se trata de ejercitar el amor. Incluso, dice Teresa, grandes bienes se hallan en el tiempo que, urgidos por los compromisos o deberes familiares y profesionales, nos vemos privados de momentos de soledad.

Con un poquito de “cuidado”, es decir, ejercitando el amor, Dios se transforma en sostén y empuje amoroso. La oración es más la acción de Dios en la globalidad de la persona que los esfuerzos de la persona por alcanzar la mirada benevolente de Dios.

«No son menester fuerzas corporales para ella [la oración], sino sólo amar y costumbre; que el Señor da siempre oportunidad, si queremos.

Digo «siempre», que, aunque con ocasiones y aun enfermedad algunos ratos impida para muchos ratos de soledad, no deja de haber otros que hay salud para esto; y en la misma enfermedad y ocasiones es la verdadera oración, cuando es alma que ama, en ofrecer aquello y acordarse por quién lo pasa y conformarse con ello y mil cosas que se ofrecen. Aquí ejercita el amor, que no es por fuerza que ha de haberla cuando hay tiempo de soledad, y lo demás no ser oración. Con un poquito de cuidado, grandes bienes se hallan en el tiempo que, con trabajos, el Señor nos quita el tiempo de la oración.» (Libro de la Vida 7,12)

Teresa de Jesús y su familia

Meditamos sobre escritos de Sta. Teresa de Jesús en este año centenario de su nacimiento (1515-2015)

Y escogemos como primer texto la “fotografía” que hace de su familia.

Destaca uno valores: a la importancia de la buena lectura y de la vivencia espiritual, favorecidas por sus padres, para poner fundamentos sólidos en la maduración personal;  El ejemplo y la cercanía como base de una educación eficaz.

Cuando escribe ya ha sobrepasado los 45 años. Ella quiere poner en evidencia la misericordia de Dios para con ella. Es una constante en Teresa silenciar los defectos ajenos, reconocer los suyos y volverse en agradecimiento a Dios por haberle puesto tantas facilidades para ser una buena mujer y mejor cristiana.

Y en la familia –padre, madre y hermanos– no descubre sino ejemplos por doquier.

Vamos a leer el texto y después nos preguntamos qué podemos hacer nosotros en nuestra misión como familia cristiana.

Y suplicamos al Señor que nos de fuerzas para hacer lo que nos proponemos…

«El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me bastara, si yo no fuera tan ruin, con lo que el Señor me favorecía, para ser buena. Era mi padre aficionado a leer buenos libros y así los tenía de romance para que leyesen sus hijos. Esto, con el cuidado que mi madre tenía de hacernos rezar y ponernos en ser devotos de nuestra Señora y de algunos santos, comenzó a despertarme de edad, a mi parecer, de seis o siete años. Ayudábame no ver en mis padres favor sino para la virtud. Tenían muchas.

Era mi padre hombre de mucha caridad con los pobres y piedad con los enfermos y aun con los criados; tanta, que jamás se pudo acabar con él tuviese esclavos, porque los había gran piedad, y estando una vez en casa una de un su hermano, la regalaba como a sus hijos. Decía que, de que no era libre, no lo podía sufrir de piedad. Era de gran verdad. Jamás nadie le vio jurar ni murmurar. Muy honesto en gran manera.

Mi madre también tenía muchas virtudes y pasó la vida con grandes enfermedades. Grandísima honestidad. Con ser de harta hermosura, jamás se entendió que diese ocasión a que ella hacía caso de ella, porque con morir de treinta y tres años, ya su traje era como de persona de mucha edad. Muy apacible y de harto entendimiento.

Éramos tres hermanas y nueve hermanos. Todos parecieron a sus padres, por la bondad de Dios, en ser virtuosos, si no fui yo, aunque era la más querida de mi padre.» (Libro de la Vida 1,1-3)

Intensidades del amor

Santa Teresa nos enseña los diferentes grados de intimidad que se dan en la relación entre Dios y la persona. Tanto Dios como cada persona buscamos que nuestra vida produzca buenos frutos.

Para que sea así es necesario cuidar una semilla: la del diálogo entre Dios y cada persona. Santa Teresa habla del riego de  la semilla, habla de cómo sacar agua para regar la semilla (la relación con Dios).

Dios va a respetar la condición humana y se va a adaptar a su ritmo.

Y Santa Teresa indica cuatro pasos para hablar de cuatro “grados” de oración:

sacar agua de pozo con nuestra sola fuerza, sacarla con un torno en una noria, sacarla de un río abundante y cercano, y que llueva mucho.

Sucede que a mayor actividad humana corresponde menor avance en intimidad entre Dios y la persona. Pero Dios no tiene prisa. Espera que el hombre tome conciencia de su incapacidad para valerse por sí mismo y renuncie a forjar su futuro con sus fuerzas aunque recurra de vez en cuando a su ayuda externa.

Eso pasa en los comienzos, pero poco a poco la persona va descubriendo que Dios no es un recurso a “utilizar” en algunos momentos, sino que ha de formar parte de su vida de una manera más íntima y amorosa. La comunión de amor se intensifica.

Y en esa experiencia, al hombre se le hace evidente que su realización personal consiste en confiar radicalmente en la acción de Dios, siempre más acertada que la inseguridad de sus propios criterios. La oración será así el camino siempre abierto a las sorpresas y las deferencias del amor de Dios. Es el último paso de la apelación de Dios y la persona. Es, siguiendo con el ejemplo de Teresa, es el “llover mucho” que no llega sin nuestro esfuerzo.

«Paréceme ahora a mí que he leído u oído esta comparación. Ha de hacer cuenta el que comienza, que comienza a hacer un huerto en tierra muy infructuosa que lleva muy malas hierbas, para que se deleite el Señor. () Con ayuda de Dios hemos de procurar, como buenos hortelanos, que crezcan estas plantas y tener cuidado de regarlas para que no se pierdan, sino que vengan a echar flores que den de sí gran olor. ()

Pues veamos ahora de la manera que se puede regar. Paréceme a mí que se puede regar de cuatro maneras:

o con sacar el agua de un pozo, que es a nuestro gran trabajo;

o con noria y arcaduces, que se saca con un torno; yo lo he sacado algunas veces: es a menos trabajo que estotro y sácase más agua;

o de un río o arroyo: esto se riega muy mejor, que queda más harta la tierra de agua y no se ha menester regar tan a menudo y es a menos trabajo mucho del hortelano;

o con llover mucho, que lo riega el Señor sin trabajo ninguno nuestro, y es muy sin comparación mejor que todo lo que queda dicho.» (Libro de la Vida 11,6-7)

Segundo grado de oración: El camino del recogimiento interior

En el proceso espiritual, el creyente comienza a tomar conciencia de que con solo su esfuerzo no progresa tal como desearía.

Detecta que las palabras y la meditación tienen un influjo limitado en su vida.

En ese acto de humildad y de verdad Dios le descubre un nivel interior de oración donde el silencio se va a convertir en un encuentro de intimidad insospechado.

Es el recogimiento, el silenciamiento de los sentidos exteriores para concentrar la atención no en una idea, sino en la presencia de Alguien que comienza a mostrarse y que desea orientar a la persona orante por caminos nuevos y sorprendentes.

Es ya un don de Dios, pero también esperanza del hombre.

Va a aprender poco a poco a dejarse seducir por Dios, a prestar atención a lo interior y a desprenderse de otras solicitudes exteriores o del pensamiento que no le dan ni libertad ni paz.

Dios habla en silencio y en silencio ha de ser escuchado.

«Digamos ahora el segundo modo de sacar el agua que el Señor del huerto ordenó para que con artificio de con un torno y arcaduces sacase el hortelano más agua y a menos trabajo, y pudiese descansar sin estar continuo trabajando. Pues este modo, aplicado a la oración que llaman de quietud, es lo que yo ahora quiero tratar. Aquí se comienza a recoger el alma, toca ya aquí cosa sobrenatural, porque en ninguna manera ella puede ganar aquello por diligencias que haga. ()

Esta quietud y recogimiento del alma es cosa que se siente mucho en la satisfacción y paz que en ella se pone, con grandísimo contento y sosiego de las potencias y muy suave deleite. Parécele como no ha llegado a más que no le queda qué desear y que de buena gana diría con san Pedro que fuese allí su morada. No osa bullirse ni menearse, que de entre las manos le parece se le ha de ir aquel bien; ni resolgar algunas veces no querría. No entiende la pobrecita que, pues ella por sí no pudo nada para traer a sí aquel bien, que menos podrá detenerle más de lo que el Señor quisiere.» (Vida 14,1-2)

V CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SANTA TERESA DE JESÚS

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