III ENCUENTRO DIOCESANO KAIRÓS 2015: La misericordia
En este taller se pretende que los adolescentes compartan lo que para ellos es la misericordia y concreten como pueden llevarla a cabo con gestos en su vida ordinaria.
De primeras nos puede resultar difícil pensar cómo hablar de la misericordia a los jóvenes, esta reflexión de M. Teresa de Calcuta sobre el servicio, nos puede ayudar a la hora de tener el 2º taller con los chicos.
En la frase de Jesús “A Mí me lo hiciste” se recoge las obras de misericordia.

Definición de misericordia:
1 Virtud que inclina a compadecerse, perdonar o solucionar las miserias ajenas.piedad.
2 Cualidad de Dios, por la cual perdona las faltas y remedia las penas de las personas.
EL EVANGELIO DE LOS CINCO DEDOS
Uno de los dichos más conocidos de Madre Teresa es: «El fruto del amor es el servicio, y el fruto del servicio es la paz» . Las dos cosas –amor por Jesús y servicio de los más pobres entre los pobres– nacieron juntas, como en un único río de lava, en el alma de Madre Teresa en el momento de su segunda llamada, el 10 de septiembre de 1946. Decía a sus hijas:
«“Tengo sed” y “A mí me lo hicisteis”: acordaos de unir siempre las dos cosas, el medio con el Fin. Que nadie separe lo que Dios ha unido… Nuestro carisma es saciar la sed de amor y de almas de Jesús trabajando por la salvación y la santificación de los más pobres entre los pobres» .

«You-did-it-to-me: A-mí-me-lo-hicisteis»: Madre Teresa contaba estas palabras con los dedos de la mano y decía que era el «Evangelio de los cinco dedos». Para Madre Teresa, Jesús, que está presente en la Eucaristía, está presente, de forma distinta pero igualmente real, «en el desconcertante disfraz del pobre». La letanía en honor de Jesús recordada antes continúa diciendo sin pausa:
«Jesús es el Hambriento para ser alimentado.
Es el Sediento para ser saciado.
Es el Desnudo para ser vestido.
Es el Desamparado para ser acogido.
Es el Enfermo para ser curado.
Es la Persona en soledad para ser amada».
Todos sabemos a qué niveles se lanzó su servicio a los más pobres entre los pobres. En un encuentro, una religiosa le hizo observar que ella viciaba a los pobres y ofendía su dignidad dándoles todo gratis, sin pedirles nada. Respondió: «Hay tantas congregaciones que vician a los ricos que no está mal si hay una que vicia a los pobres» . El responsable de los servicios sociales de Calcuta había entendido mejor que nadie, según Madre Teresa, el espíritu de su servicio a los pobres. Un día le dijo: «Madre, usted y nosotros hacemos la misma labor social, pero hay una diferencia: nosotros lo hacemos por algo, usted lo hace por Alguien» .
Hay quien ha visto en ello un límite, no un valor, del amor cristiano por el prójimo. ¿Amar al prójimo «por Alguien», esto es, por Jesús, no instrumentaliza al prójimo, no lo reduce a un medio con vistas a un fin distinto, que, en el extremo, puede ser el egoísta de ganar méritos para el paraíso?
Esto es cierto en cualquier otro caso, pero no cuando se trata de Jesús, porque es contrario a la dignidad de la persona humana estar subordinada a otra criatura, pero no estar subordinada al creador mismo, a Dios. En el cristianismo hay una razón aún más fuerte. Cristo se ha identificado con el pobre. El pobre y Cristo son la misma cosa: «A mí me lo hicisteis». Amar al pobre por amor a Cristo no significa amarlo «por una persona interpuesta», sino en persona. Este es el misterio que se imprimió en la vida de Madre y que ella recordó proféticamente a la Iglesia.

El amor a Jesús impulsó a Madre Teresa, como a otros santos antes que ella, a hacer cosas que ningún otro motivo en el mundo –político, económico, humanitario– habría sido capaz de inducir a hacer. Una vez alguien, observando lo que Madre Teresa estaba haciendo con un pobre, exclamó: «¡Yo nunca lo haría por todo el oro del mundo!». Madre Teresa contestó: «¡Ni yo!». Quería decir: por todo el oro del mundo no, pero por Jesús sí.
Madre Teresa supo dar a los pobres no sólo pan, vestidos y medicinas, sino aquello de lo que tenían aún más necesidad: amor, calor humano, dignidad. Ella recordaba conmovida el episodio de un hombre hallado medio comido por los gusanos en un vertedero que, trasladado a casa y curado, dijo: «Hermana, he vivido en la calle como un animal, pero ahora moriré como un ángel, amado y curado» , y murió poco después diciendo con una gran sonrisa: «Hermana, voy a casa de Dios». Madre Teresa con un niño abandonado en brazos, o inclinada sobre un moribundo, es, creo, el icono mismo de la ternura de Dios.
Y en nuestra vida ordinaria ¿cómo se traduce?
En la vida diaria se nos presentan muchos momentos y diversos ambientes, para practicar este “Evangelio de los 5 dedos”.
Dentro del hogar. Aquí no vale ser “faro de la calle y oscuridad de la casa”. La convivencia familiar es la primera instancia donde se nos presentan innumerables oportunidades para ser serviciales: lavar la vajilla, llevar a los hermanos a sus actividades, tirar la basura, alimentar a la mascota, servir la comida, colaborar en las labores domésticas, etc.
En el colegio. La comunidad estudiantil ofrece ocasiones maravillosas para servir: las sociedades de alumnos, los responsables de clases, la acción educativa de los profesores o las reuniones entre los amigos para realizar las tareas y ayudar a quienes se les dificulta más el estudio.
En el trabajo. El ambiente laboral se nos presenta como un gimnasio para ejercitarnos en la colaboración y servicio recíproco. Para cualquier proyecto de trabajo hay que “arrimar el hombro”, y muchas veces las relaciones laborales mejoran cuando ayudamos a ese colega de la oficina dedicando algunos momentos de nuestro tiempo.
En la Iglesia. La vida eclesial se abre como otro horizonte para la servicialidad. Basta pensar en las diversas actividades organizadas por la pastoral parroquial, la riqueza de los movimientos eclesiales y las obras de apostolado para ayudar a los más necesitados. Es importante reflexionar un momento, ¿en cuál de ellas se puede apoyar o servir?
Todos estamos invitados a practicar la servicialidad en nuestra vida. Para lograr una transformación eficaz de nuestro mundo, tenemos que empeñarnos responsablemente en vivir a fondo este “Evangelio de los 5 dedos”: A Mí me lo hiciste.

Para la reflexión:
- De los testimonios que hemos escuchado, qué es lo que más te ha llamado la atención?
- Si tuvieras que explicar a un compañero no creyente lo que es la misericordia, ¿qué le dirías?
- Conocemos las obras de misericordia corporales y espirituales (aunque las sabemos, os enviamos un pequeño recordatorio que puede ayudar)
¿Qué obra de misericordia me cuesta más vivir? ¿Cuál me resulta más sencilla?
Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf Is 58, 6-7: Hb 13, 3). Las obras de misericordia son 14 y se dividen en 7 Espirituales y 7 Corporales.
- Las 7 Obras de Misericordia Espirituales
Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espirituales, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia.
- Las 7 Obras de Misericordia Corporales
Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25, 31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4,5-11; Si 17, 22) es uno de los principales testimonies de la caridad fraterna: es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6, 2-4) .
- En mi vida cristiana, ¿qué obras de misericordia puedo mejorar? ¿Cómo?
Entre todos nos podemos dar ideas para comenzar a vivir más conscientemente las obras de misericordia.


