La fiesta del perdón
EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA
«Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedarán perdonados y a quienes se los retengan, les quedarán retenidos» (Jn. 20, 22-23).
Te puedes imaginar lo que pasa si durante meses no cargas las actualizaciones en tu ordenador. En algún momento el sistema operativo se bloquea. O se producen graves fallos de seguridad.
El firewall ya no funciona. Virus y troyanos pueden campar a sus anchas en tu PC y finalmente todos tus datos se van al traste.
“Yo no necesito ningún perdón y menos aún la confesión“. Esto es más o menos igual de absurdo que decir: “No necesito ninguna actualización. Mi software funciona también sin ellas”
Se puede decir que Dios te ha creado como un software maravilloso. Pero este software necesita actualizaciones periódicas.
Si no empleas las actualizaciones, hasta el mejor sistema del mundo se estropea con el tiempo. La CONFESIÓN —también se conoce como “Sacramento de la Reconciliación”— es la mejor oferta de actualización que nos hace Dios.

(YOUCAT 224-239)
Elegimos algunas cuestiones en las que tenemos dudas o curiosidad para dialogar…
- YOUCAT 231. ¿CUÁLES SON LOS DOS REQUISITOS ESENCIALES QUE SE DEBEN DAR EN UN CRISTIANO PARA QUE SE LE PERDONEN LOS PECADOS EN EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA?
¿CÓMO HACER UN BUEN EXAMEN DE CONCIENCIA?
“Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros.”(1 Jn 1,8)
La Confesión es la oportunidad de pedir perdón a Dios y de recibir su misericordia. Antes de confesarte, dedica un rato a recogerte y pensar en aquello que has hecho y que ha dañado a otros, y en qué puedes hacer para ser mejor cristiano. Una confesión sincera es la oportunidad de renovar tu alma y abrirte a la gracia de Dios.
Para descubrir en qué aspectos mi vida no va bien y no se corresponde con el amor de Dios, nos puede ayudar lo que se conoce como “examen de conciencia”.
Las preguntas que siguen te pueden ayudar a pensar en las cosas de las que necesitas ser perdonado.
- ¿He rechazado o abandonado mi fe? ¿Me he preocupado por conocerla mejor? ¿La he defendido, o me he avergonzado de ella?
- ¿He tomado el nombre de Dios en vano? ¿He hecho espiritismo o he confiado en adivinos u horóscopos? ¿He mostrado falta de respeto por las personas, lugares o cosas santas?
- ¿He faltado voluntariamente a la Santa Misa los domingos o días de precepto? ¿Me he olvidado de Dios abandonando mis oraciones?
- ¿He recibido al Señor en la Sagrada Comunión teniendo algún pecado grave en mi conciencia? ¿Le he recibido sin agradecimiento o sin la debida reverencia?
- ¿He ayudado poco en casa? ¿He tratado con poco cariño a mis padres?
- ¿He sido impaciente, envidioso? ¿Me he enfadado? ¿He fomentado el resentimiento o no he estado dispuesto a perdonar? ¿He odiado a alguien o le he juzgado mal?
- ¿He descuidado mis deberes de estudiante? ¿He sido perezoso? ¿He tratado con falta de respeto a mis profesores o a otras personas mayores?
- ¿Me he peleado? ¿He hecho daño a alguien con insultos o hablando mal de ellos? ¿He revelado algún secreto o he dicho cosas solo para dañar a otros?
- ¿He dicho o he pensado cosas impuras? ¿Las he hecho conmigo mismo o con otros?
- ¿He dicho mentiras para justificarme, dañar a otros o por darme más importancia?
- ¿He robado algo? ¿He estropeado algo a propósito?
- ¿He tenido envidia de otros por lo que tienen o por el buen resultado de su trabajo? ¿Pongo mi corazón en tener cosas?
- ¿He ayudado o fomentado que otros hagan el mal?
- ¿He tomado alcohol en exceso? ¿He consumido drogas? ¿He sido egoísta de pensamiento o de obra?
- ¿He preferido mi comodidad al servicio a los demás? ¿He desatendido mi responsabilidad de acercar a los demás a Dios con mi ejemplo y mi palabra?
Jesús comunicó el poder de perdonar pecados a sus apóstoles.
Jesús quiso que todos sus discípulos, tanto en su oración como en su vida y en sus obras, fueran signo e instrumento de perdón. Y pidió a sus discípulos que siempre se perdonaran las ofensas unos a otros (Mt. 18, 15-17).
Sin embargo, Jesús confió el ejercicio del poder de absolución solamente a sus apóstoles. Jesús quería que la reconciliación con Dios pasara por el camino de la reconciliación con la Iglesia. Lo expresó particularmente en las palabras solemnes a Simón Pedro: «A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mat. 16, 19).
Esta misma autoridad de «atar» y «desatar» la recibieron después todos los apóstoles (Mt. 18, 18). Las palabras «atar» y «desatar» significan: Aquel a quien excluyen ustedes de su comunión, será excluido de la comunión con Dios. Aquel a quien ustedes reciben de nuevo en su comunión, será también acogido por Dios. Es decir, la reconciliación con Dios pasa inseparablemente por la reconciliación con la Iglesia.
El mismo día de la Resurrección, Jesucristo se apareció a los apóstoles, sopló sobre sus cabezas y les dijo:
«Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedarán perdonados y a quienes se los retengan, les quedarán retenidos» (Jn. 20, 22-23).
Y en la Iglesia primitiva ya existía el ministerio de la reconciliación como dice el apóstol Pablo: «Todo eso es la obra de Dios, que nos reconcilió con El en Cristo, y que a mí me encargó la obra de la reconciliación» (2 Cor. 5, 18).
Los apóstoles comunicaron el poder divino de perdonar pecados a sus sucesores.
Las palabras de Jesucristo sobre el perdón de los pecados no fueron sólo para los Doce apóstoles, sino para pasarlas a todos sus sucesores. Los apóstoles las comunicaron con la imposición de manos. Escribe el apóstol Pablo a su amigo Timoteo: «Te recomiendo que avives el fuego de Dios que está en ti por la imposición de mis manos» (2 Tim. 1, 6).