La venida

La palabra y la acción de Dios, el Verbo eterno nos visita. Se hace uno de los nuestros, pero uno de los que no tienen poder y que la sociedad considera producto sobrante. Se hace debilidad, precariedad. Pero es luz y vida. Su sonrisa muestra la alegría del Padre. Quiere que le acojamos y que lo recibamos contentos y convirtamos nuestra casa en una casa de hermanos, que no excluya a nadie.

 Cuando la casa de la familia de Dios Padre celebra esta visita, recibe su impacto. Un impacto que no deja indiferente a nadie. Es espectacular que Dios mismo se haga humano. Un humano que convive con los débiles y los sobrantes de esta nuestra sociedad tan competitiva, donde quien no puede demostrar (o mostrar) nada no es nadie, donde ahora más que nunca importa dar sentido a lo que somos y hacemos, donde la esperanza que esta visita suscita no puede ser abatida por nadie. Que la contemplación de esta singular visita nos convierta en más agradecidos (de ser cristianos) y más generosos (por el hecho de sentarnos a la misma mesa y de compartir el mismo pan y la misma bebida).

Un año más, dejémonos llevar por la admiración, la acogida y la alegría, como hicieron los esposos José y María, los pastores, los ancianos Simeón y Ana y los sabios llegados de Oriente. Una visita que contemplamos desde su testamento Un 13-17; Lc 22,14-38), desde el amor. Si amamos es porque hay quien nos ha amado primero y de verdad Un 3,16; Rom 8,31- 39; 1 Jn 4,9-21). Y por eso conviene citar lo que dice el Catecismo: «La Eucaristía compromete a favor de los pobres» (CCE 1397), y como dice Benedicto XVI, la mística del sacramento de la Eucaristía tiene un carácter social (Deus caritas est 14). Esta visita nos lo recuerda

Jaume Fontbona.