Entre la CRISIS y la VIDA ETERNA

postal_02

No, este título no es una salida de tono ni ninguna frivolidad, ni un simple deseo de llamar la atención. El título llama la atención, cierto, pero no es nada frívolo.

Y es que podríamos decir que la crisis económica y la esperanza de la vida para siempre son como las máximas expresiones de los dos polos en que siempre se mueve el Adviento: la constatación de nuestra realidad humana y la vivencia de esta realidad con los ojos puestos en la promesa de salvación definitiva que Dios nos ofrece.

1. La crisis económica. Sin duda, lo que caracteriza nuestro momento y que lo marca a todos los niveles es la crisis económica. Producida por la irresponsabilidad de los más poderosos, las salidas de esta crisis comportan penosas medidas que hacen más difícil la vida de todos, y de una manera especial de los que ya tenían más dificultades para salir adelante. Es bastante probable que las cosas podrían haber ido de otra manera, pero el caso es que nuestros gobiernos occidentales (algunos quizás porque ya les está bien así, otros porque no se ven capaces de buscar otras salida) nos lo han montado así.

Pero en todo caso, más allá del análisis de la realidad que haga cada uno, una cosa está clara: un cristiano, en medio de este mundo difícil, ante todo tiene que hacer todo lo que esté en su mano, sea poco o sea mucho, para que el proyecto del amor de Dios sea realidad: que todo el mundo pueda vivir en paz, con alegría, con confianza, sin tener que sentir la angustia de no tener lo mínimo necesario para vivir … Esto es el primer paso que certifica que realmente esperamos el cielo nuevo y la tierra nueva de Dios.

2. La vida eterna. El primer paso es trabajar por hacer realidad la esperanza de una vida plena en todos los sentidos, y sin este primer paso el segundo sería falso. Pero, asegurado el primero, el segundo es igualmente imprescindible. Nuestra esperanza es que Dios venga a nosotros. Lo esperamos en nuestra vida de cada día para que nos acompañe y nos dé fuerzas; lo esperamos en la Eucaristía y en los demás sacramentos, donde vivimos la potencia de su proximidad; lo esperamos en la celebración anual de su nacimiento entre nosotros. Pero lo esperamos, sobre todo, de manera ya plena, más allá de este mundo.

Y esto es la vida eterna, de la que muy poco podemos decir, pero que sí podemos decir una cosa: que es el horizonte último de nuestra existencia, la plenitud de nuestro camino en este mundo. La esperanza de la vida eterna es lo que da sentido definitivo a todo.

Josep Lligadas