“He conocido el Amor de Dios y he creído en Él” (1Jn 4,16)

“Testimonio de fe de Sor Teresa de la Cruz, osc”

¡La paz y el bien del Señor estén en vuestras almas!


Compartir mi experiencia de fe con vosotros, tengo que confesar que es una alegría, porque me da la oportunidad de ratificarme en ella. Os diré que poner por escrito estas vivencias, me ha supuesto horas de oración, y ya de antemano os agradezco de corazón esta ocasión, porque contemplar la grandeza a la que he sido llamada por Dios por el Bautismo y posteriormente con la vocación claustral franciscano-clariana, me ha hecho crecer, profundizar, disfrutar, y sobretodo agradecer, agradecer a Dios tanto don inmerecido.

Lo primero que me vino a la mente fue la vocación de Jeremías, el profeta: “Antes de formarte en el vientre te conocí, antes que salieras del seno te consagré” (Jer 1,5).

Efectivamente, Dios “ha formado mis entrañas, me ha tejido en el vientre de mi madre” como dice el Salmo (138), y me ha hecho nacer y crecer en el seno de una familia profundamente católica y practicante, donde rezar el Rosario los Domingos todos juntos se vivía como algo natural, igual que el ir a Misa Dominical y participar de todas las tradiciones y celebraciones que la Iglesia nos propone en Navidad, Semana Santa, Pascua, Grandes Solemnidades como el Corpus… En mi casa era algo habitual rezar todas las noches en el “altar del salón” (donde mi madre tiene una Virgen, un Sagrado Corazón…) antes de acostarnos, o rezar las tres Ave Marías cada mañana antes de salir de casa, con la previa crucecita que mi madre nos hacía en la frente, señal de bendición de Dios. En Nochebuena, nos juntábamos ante al Nacimiento grande que habíamos hecho, a rezar el Rosario antes de cenar, y tras la cena, hasta la hora de la Misa de Gallo, en el salón, a lado de la chimenea y del Niño Jesús, le recitábamos poesías y le cantábamos villancicos… El día de Navidad, antes de la Misa, siempre nos reuníamos frente al televisor a las 12 horas para ver al Papa felicitar las Navidades al mundo entero, escuchar su mensaje y recibir su bendición, cosa que pasaba también en Pascua con el “Urbi et Orbe” que recibíamos de rodillas.

Mis padres siempre se preocuparon de que nuestra fe fuera católica, esto es, universal, de grandes miras, por eso estar en comunicación con Roma y con el Papa y rezar por sus intenciones era normal en mi casa. De hecho, para mí fue muy importante –aunque lo haya entendido después- el viaje que por las bodas de plata de mis padres hicimos toda la familia a Roma.

Mis padres eran amigos de algún monseñor o nuncio y nos proporcionaron estar en primera fila en la Audiencia con el Papa de los miércoles. Al ser tantos hermanos (somos 7), sólo consiguieron 2 pases para mis padres (mis hermanos se tuvieron que apañar detrás, con el resto de la gente, donde es más difícil tocar y hablar con el Papa),pero como yo soy la pequeña y tenía como mucho 8 años, me sentaron en las faldas de mi madre y pude saludar personalmente a Juan Pablo II… nunca olvidaré esa mirada, esa expresión: ¡era el Papa!… y más tarde, con 19 años, mis padres me acompañaron en mi entrada como consagrada a Dios en un movimiento apostólico, cuyo centro de formación estaba en Roma, se repitió la escena: mis padres y yo en primera fila en la Audiencia del Aula Pablo VI, pudiendo saludar personalmente a Juan Palo II y explicarle el motivo por el cual estaba yo allí: “Santo Padre, vengo a consagrarme al Señor en el Regnum Christi”, y su respuesta no la olvidaré jamás: “Sé siempre fiel” y me hizo una cruz en la frente bendiciéndome…

Reconozco que estas experiencias han marcado profundamente mi camino de fe, y ahora, cuando miro atrás y las comparto con vosotros, no puedo sino agradecer a Dios los padres y los hermanos que me ha dado, pues ellos han sido mis primeros educadores en la fe.

Pensando en cómo definir mi experiencia de fe, se me ocurrían varias imágenes: es como una semilla que Dios ha puesto y ha plantado en mi corazón desde toda la eternidad, y que ha ido germinando, brotando, creciendo, madurando y dando algún que otro fruto, aunque yo no siempre lo haya percibido. En este sentido, descubro en mí un deseo ardiente, desde muy jovencita, de conocer la verdad, esa “que nos hace libres” como dice Jesús en el Evangelio; por eso siempre buscaba la razón de las cosas, “el principio de todo”, una explicación; igual que la planta  yergue su tallo en dirección al sol y va creciendo, y sus raíces ahondan en lo profundo en busca del agua de la tierra, así mi corazón, desde siempre ha estado herido por una sed, marcado por un fuego abrasador que me empujaba a ir “más allá” en todo (aunque esto que os escribo lo he entendido después): en la amistad, en los estudios, en el deporte, en las circunstancias… y ese anhelo ¡era Dios en mi alma!. Por eso, en la edad de la rebeldía, de la autoafirmación-adolescencia-juventud, llegó un momento en que me cuestioné el por qué iba a Misa, rezaba… ya no quería hacerlo porque “me lo dijera mi madre”, sino que buscaba razones, “razones del corazón”, no tanto de la mente, por las cuales yo OPTARA de forma adulta, comprometida y coherente con aquello que se me había inculcado. Es entonces cuando Jesús pasó a ser mucho más que un simple Amigo. Empecé a hacer oración cada día, me leía todas las vidas de santos que caían en mis manos, iba a convivencias, retiros, misa entre semana… el anhelo crecía, la sed era cada vez mayor y yo seguía buscando. Recuerdo dos momentos cruciales en esta época (tenía unos 15 años), que ahora comprendo que me cambiaron completamente:

  • Uno fue en una convivencia de Semana Santa, al ver la película de “Jesús de Nazaret” de Zefirelli… al llegar a la Pasión de Jesús: esa noche, delante de Cristo crucificado, le dije por primera vez: ¡GRACIAS! Y era tan fuerte mi impresión y la experiencia de lo que Él había hecho por AMOR A MÍ, que me brotó una frase que me persigue todavía hoy: “Si Tú has hecho esto por mi, ¿Qué puedo hacer yo por ti?”. Desde entonces, mi vida y mi fe, han sido absolutamente cristocéntricas: el misterio de amor que Jesucristo me ha manifestado en su pasión y muerte me ha ido configurando, y más que ninguna otra cosa, ha sido lo que ha dado respuesta a todos mis anhelos: ¡Cuánto amor!
  • El segundo momento, fue ese verano, en la JMJ de Santiago de Compostela de 1989, donde yo ya iba “tocada” por el amor de Jesús en la cruz ¡por mí!… Ahí el Papa Juan Pablo II nos dijo esas famosas palabras que han pasado a la historia y que han cambiado tantas vidas: ¡No tengáis miedo a ser santos!. Entonces descubrí y experimenté claramente lo que dice San Juan: “Hemos conocido el amor de Dios y hemos creído en Él” (1Jn 4,16). Me di cuenta de que Él me había escogido desde siempre, y de que había ido “esculpiendo mi fe” hasta hacerme experimentar su Amor de tal manera, que “el amor echó fuera el temor” (cfr. San Juan en su misma carta), y se cayeron todos los cálculos y miedos humanos, para decirle como María a Dios: “No Señor, no tengo miedo a ser santa, sólo quiero corresponder a tu amor, hágase en mí según Tu Palabra”.

A partir de aquí, yo creo que mi fe empezó su “edad adulta”, y con el paso de tiempo, podría definir este proceso de maduración, como un camino ascendente, en el que, como dice el Papa Benedicto XVI: “la fe y el amor se necesitan mutuamente”, y en el que la clave de mi vida ha sido el “tener los ojos fijos en Jesús, autor y perfeccionador de nuestra fe” (Hebreos 12,2). Él es el “fiel compañero”, “invisible y seguro” como dice un himno de la liturgia de las Horas. A veces “no lo veo, pero está”, Él es el que “me presta valor para que siga” cuando el camino se hace arduo y solitario, y “cuando hay que subir monte, Calvario lo llama Él, siento en su mano amiga, que me ayuda, una llaga dolorosa”… Creo, creo en su Amor que experimento cada mañana en cada Eucaristía, en cada paso, en cada prueba del día. Es Jesucristo crucificado el centro, la clave de toda mi vida, de toda mi fe. Y más como clarisa, un Cristo Pobre y crucificado, abajado en un pesebre, en su Encarnación, colgado en esa cruz y “cosificado” en la Eucaristía, POR AMOR A MI, POR AMOR A TI…

Para concluir –porque creo que me he extendido demasiado…- deciros cómo mi fe ha seguido madurando, creciendo en estos años como clarisa, en mi vocación claustral. Y uso otra imagen (más mundana, pero que todos conoceremos…): igual que un baile, se puede convertir en una danza gozosa y genial, en la medida en que yo me dejo llevar por mi pareja, y no me preocupo de seguir el ritmo, de marcar los pasos (pienso en un vals)… pues del mismo modo, a medida que sigue pasando el tiempo, Dios me hace descubrir y experimentar que si yo me dejo llevar y conducir por Él, seré realmente feliz y plena. De lo que se trata es de DEJAR A DIOS SER DIOS EN MÍ, que Él sea el protagonista de mi vida, el que lleve las riendas de todos mis pasos… entonces yo seré aquello que Él ha soñado desde siempre para mí: su imagen, reflejo de su Amor apasionado por los hombres. Así es como me voy convirtiendo en prolongación Suya para todos vosotros… y como dice San Pablo: “aunque tuviera que ofrecerme en sacrificio AL SERVICIO DE VUESTRA FE (él se refiere a la muerte, yo no creo que me toque esa dicha de morir mártir por vosotros… todavía…), me alegraría y congratularía con todos” (Fil 2, 17). Pues ésa es mi vocación contemplativa, como hija de San Francisco y Santa Clara: ofrecerme en sacrificio de AMOR a Jesús por todos vosotros, por vuestra fidelidad y fe-licidad, sabiendo que soy peregrina en esta tierra, caminando hacia la verdadera patria: el cielo, dedicándome a corresponder a tanto amor recibido de Dios en su Hijo Jesús.

Termino con una frase de Benedicto XVI que resume esta experiencia y a la cual os invito que os acerquéis:

“Es necesario anunciar de nuevo con vigor y alegría el acontecimiento de la muerte y resurrección de Jesucristo, corazón del cristianismo, el núcleo y fundamento de nuestra fe, recio soporte de nuestras certezas, viento impetuoso que disipa todo miedo e indecisión, cualquier duda y cálculo humano” (Lisboa 2010)

Que Dios os bendiga y os haga gustar de la dulzura de Su Amor para que crezcáis en vuestra fe y “no tengáis miedo a ser santos”.

Y que sepáis que en este rinconcito de mundo, hay siempre unas hermanas ofreciendo sus vidas a ese Amor para que vosotros seáis felices y viváis con valentía y coherencia vuestra vocación cristiana, vuestra fe.

En alabanza de Cristo, Sor Teresa de la Cruz, osc Hermanas Clarisas “Bernardas” de Jaén Diciembre 2012

Print Friendly, PDF & Email