ACTO PENITENCIAL KAIRÓS 2017 – El día de la reconciliación

TERMINAMOS CUARESMA
En esta Cuaresma Señor, hemos recorrido un camino juntos…hemos orado junto a nuestras hermanas de las Bernardas, hemos descubierto que quién ama la verdad y la libertad no ama una vida cómoda, hemos estado cerca de la familia misionera García Cruz, junto a nuestros amigos Carla, Paco y Moi, hemos profundizado en nuestro interior, en nuestros miedos, sueños, anhelos, dificultades…y hemos aprendido que somos capaces de vencer todas las tentaciones, por difíciles que sean, siendo hermanos, siendo tus amigos, siendo tus discípulos y siendo sal y luz de la tierra…
Ahora, antes de comenzar la Semana Santa venimos ante ti Señor para pedirte perdón por el mal que hemos hecho, por el bien que hemos dejado de hacer y para pedirte que siempre te sintamos cerca, siendo nuestra alegría y nuestra mayor fortaleza.
Juntos rezamos diciendo…
En este tiempo de Cuaresma,
cuando nos preparamos para celebrar
la muerte de Jesús y su vida para siempre,
te pedimos, padre, que renueves nuestro interior
para que creamos de verdad en Él
y sepamos vivir como Él.
Demasiado a menudo nos pueden
la pereza y el desinterés.
Demasiado a menudo sólo miramos por nosotros.
Y no somos capaces de ver la felicidad que podemos encontrar
si abrimos los ojos como Jesús,
si actuamos como Jesús,
si amamos como Jesús,
si te amamos a ti, Dios, Padre
como Jesús te ama.
Padre, perdona el mal que hay en nosotros,
la inconsciencia y la pereza que hay en nosotros.
Padre, renuévanos,
condúcenos por el camino de la conversión,
acércanos a Jesús,
para que sepamos hallar la felicidad
allí donde Él la hallaba.
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS
Dios nos regala un nuevo comienzo.
Todo pecado que cometemos se dirige en último término contra Dios mismo. Él nos ha creado de un modo maravilloso. ¿Y qué hacemos con este don? Miramos cómo poco a poco se vuelve sucio y feo. Esto no es lo que Dios quiere. Nos da una oportunidad única para hacer de nuevo nuestra vida tan hermosa y fuerte como en el momento en el que fuimos creados por Dios como sus hijos amados.
La historia del “hijo pródigo” —que se debería llamar más propiamente la “historia del padre misericordioso”— es uno de los pasajes más hermosos de toda la Biblia. Nos muestra a un Dios tan lleno de amor y bondad, que, aunque nos equivoquemos, no se aparta de su amor por nosotros.

15- 1-3.11-32
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos.
— Ese acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les dijo esta parábola:
— Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna” El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces se dijo:
“Cuantos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: “Padre he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.”
Se puso en camino a donde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”:
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo, ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado.”
Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó que pasaba. Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.”
Él se indignó y se negaba a entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres le matas el ternero cebado.”
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado.”
Quizás tus pecados no sean tan graves como los del hijo pródigo. Pero también tú necesitas que Dios te acoja en su gran amor y ponga tu contador a cero. “Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como la nieve”.

Jesús dice: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mc 2,17). Todos conocemos la parábola de la oveja perdida, a la que el pastor sale a buscar para salvarla (Lc 15,4-7). Y todos sabemos: Jesús es este buen pastor. Pero no podemos entender mal esta parábola. No significa: “Puedes hacer todas la tonterías que te dé la gana, da igual, luego va a salir a buscarte.” Porque aquí quedan olvidados dos aspectos:
1. El buen pastor sufre por nuestros pecados, fue crucificado por nosotros y por nuestros pecados: “El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10,11)
2. La oveja también tiene que dejarse encontrar. Tiene que escuchar al pastor y seguir tras él.
Hay que tener una cosa clara: la historia de la oveja no habría salido bien si hubiera habido un vallado (no ese hubiera podido escapar). Nuestra libertad es fundamental en esta historia. La libertad de alejarnos. Jesús no tira sobre nosotros una red para pescarnos. No tiene un fusil con tranquilizantes. Nosotros tenemos que pararnos y dejarnos encontrar. Y ese parón es la confesión.

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DINÁMICA: BORRÓN Y CUENTA NUEVA
Los signos que nos presiden son la cruz, una palangana de agua y una corona de espinas que nos recuerda la corona que los soldados romanos pusieron a Cristo en su cabeza, burlándose de que era Rey. Pinchos agudos donde clavaremos nuestro mal.
Después del examen de conciencia escribiremos en un papel, una “camiseta” nuestras faltas y con ella iremos a confesar, “a lavar nuestra ropa sucia”.
Tras la confesión, colgaremos nuestra camiseta ya limpia y recogeremos de la palangana de agua una pequeña cruz, símbolo de nuestra salvación, en señal de que hemos quedado limpios del pecado y que nos comprometemos a luchar por el bien; no como Pilatos que se lavó las manos, indicando todo lo contrario: su no compromiso con la causa de Jesús, desentendiéndose…
Por último, besaremos la cruz, en señal de agradecimiento por el perdón recibido.
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ORACIÓN
Sigo hoy, Señor, en este camino de búsqueda, de conversión que es la Cuaresma.
No quiero hacer mi propio camino sin contar contigo.
Quiero escucharte y que seas tú quien me diga como vivir a tu modo.
Señor, te abro mi corazón, tú no me juzgas cuando no vivo tu Buena Noticia, sino que con ternura me animas y me das fuerzas para superarme.
¿Qué busco Señor? ¿Cuál es la coherencia y autenticidad de mi vida?
Tú no me pides que no cometa errores, que no cometa fallos pero sí que me reconozca y luche para ir adecuando mi vida a tu Evangelio.
Señor, tú comprendes mi debilidad y me perdonas. Pero también me invitas a que no me de igual todo, a superarme, a luchar por la autenticidad y la coherencia que es lo que va a hacerme plenamente feliz, desde dentro.
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¿QUÉ TENGO QUE HACER PARA RECONCILIARME CON DIOS?
MÉTODO “5R”
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Reconocimiento. Me doy cuenta de que la he fastidiado.
Antes de decidirse a ir a confesarse y, con ello, regresar a Dios, está el reconocimiento de que me alejado de Dios. Reflexiono sobre dónde he actuado de manera distinta a los que desea. En esta investigación de tu interior te puede ayudar a un examen de conciencia.
- Remordimiento. Lo siento de verdad.
En realidad, la confesión solo tiene sentido cuando de verdad estoy arrepentido de mi fallo, siento de verdad lo que hecho. Si no es así, me puedo ahorrar todo los demás.
- Reformar. Mejor no lo vuelvo a hacer en adelante.
Esto significa que me tomo en serio comportarme de otra manera en el futuro. Porque cuando yo reconozco que algo no fue buena idea, pero a la vez que pienso volver hacerlo, no ha habido un verdadero arrepentimiento ni piensas reformar tu vida. Que yo vuelva a caer más tarde sin quererlo, es otra cosa. Se trata de tener un firme propósito en ese momento.
- Relatar. Confieso que he metido la pata.
Seguramente se trata del paso más difícil. Pero es importante que se digan los propios pecados, porque así nos libramos de barrer y esconderlo debajo de la alfombra como si no fueran importantes. Después de un relato sincero viene la absolución del sacerdote, ¡y ya está perdonados tu pecados!
- Reparar. Estoy dispuesto a repararlo, aunque posiblemente sea algo un poco incomodo.
Nuestra disposición de reparar aquellos daños materiales e inmateriales que hemos causado (al menos de forma simbólica) se muestra en la penitencia. La mayoría de las veces el sacerdotes te pide que digas una oración como penitencia.
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¿CÓMO HACER UN BUEN EXAMEN DE CONCIENCIA?
El objetivo de la Confesión es hacer borrón y cuenta nueva con Dios. Échate una mirada a ti mismo y a tu vida y piensa qué cosas hay entre tú y Dios. Ahora es el momento para arreglarlo todo. El siguiente examen de conciencia puede ayudarte a ser sincero contigo mismo y con tu relación con Dios:
“Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros” (1 Jn 1,8)

No sólo es pecado cuando actúo con dureza de corazón, sino también cuando me miro a mí mismo y no me dejo amar primero por Dios.
Si rechazo su amor sin límites, me vuelvo yo mismo insensible.
El pecado no es sólo el mal que hacemos, sino también el bien que no hacemos. Por tanto no es sólo pecado la ira, la dureza de corazón, la envidia, las pequeñas trampas que cometemos. También es pecado el haber podido ayudar y no haberlo hecho. El tener talentos y haber sido demasiado vago para trabajar con ellos. El haber podido contribuir al triunfo de una causa justa y, en lugar de ello, habernos largado cobardemente.
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- No es pecado disfrutar de las cosas hermosas de la vida, pero sí convertirlas en mis dioses y querer conseguirlas a cualquier precio.
- No es pecado querer ganar mucho dinero, pero sí que el bienestar se convierta en todo para mí. Y tener miedo a perder mi vida si comparto y me compadezco de otros.
- No es pecado reclamar mis derechos, pero sí abusar de mis derechos, volverme desconsiderado y duro de corazón o menospreciar los derechos de otros.
- No es pecado sentir deseos e impulsos sexuales, pero sí dejarme dominar por mis instintos o utilizar a otros para satisfacer mis ansias sexuales.
- No es pecado que haya personas que no me resulten simpáticas, pero sí tratarlas como si no fueran, como yo, hijos amados de Dios.
- No es necesariamente pecado criticar a otras personas, pero sí hacerlo de forma irreflexiva o descuidada y con ello desacreditar o herir a otras personas.
- No es propiamente pecado experimentar en mí la envidia, la ira o la alegría por el mal ajeno, pero sí no intentar superar estos sentimientos o dejarme llevar por ellos en mis acciones.
- No es pecado hablar de otras personas, pero sí contar, de forma irreflexiva o malévola, cosas malas de otras personas.
- No es pecado callar en situaciones de conflicto, pero sí callar cuando otros son humillados, calumniados o víctimas de mentiras.
- No es pecado discutir con alguien, pero sí buscar camorra, no escuchar a otros, no ocuparme de ellos, negarme a la reconciliación.
- No es pecado que mi corazón se quede vacío a menudo en la oración, pero sí que no valore el tiempo de oración o ni siquiera me tome la molestia de abrirme a Dios y escuchar su palabra.
- No es pecado tener a veces dudas de fe, pero sí separarme de la comunión de los creyentes, no participar regularmente de la Eucaristía, dar más valor a lo terrenal que a lo espiritual.
- No es pecado hacer planes para mi vida, pero sí no dejar espacio para mi fe en Dios, que no me interese el hecho de que mi vida está cada día en sus manos.

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ORACIÓN
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¿Qué dios es como tú?
¿Qué “dios” es como tú?
¿Qué “dios” es como tú,
que me disculpa mis faltas
y perdona a tu pueblo de la injusticia?
No mantienes para siempre
Lo que te he hecho
Porque tú amas ser misericordioso.
Volverás a compadecerte de mí
Y aplastarás mi culpa.
Sí, tú arrojas nuestro pecados
A la profundidad de los mares.
Manifestarás tu lealtad y tu bondad,
Como has prometidos
a aquellos que creen en ti
desde tiempos inmemoriales hasta hoy.
Amen
Según Miqueas 7, 18-20
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REFLEXIÓN
La familia…
¡Uf! Comentas que tus padres no te comprenden y están a la antigua, pero…
- ¿Te has puesto en su lugar para comprenderlos?
- ¿Cumples tus obligaciones (estudio, tareas, horarios, etc.) para con ellos?
- ¿Colaboras en tu familia para que haya paz, amor y buenas relaciones?
- ¿Eres obediente a tus padres y respetas a los mayores?
- ¿Les exiges a tus padres más de lo que pueden darte (dinero, ropa, caprichos)?
- ¿Cuándo intentan hablar contigo pasas de ellos?
- ¿Te aprovechas de tus hermanos para endosarles el trabajo que tienes que hacer?
- ¿Odias, envidias y tienes celos de tus hermanos?
- ¿Vives el respeto, el amor, la fidelidad en tu familia?
Tus amigos/as, el prójimo…
- ¿Tratas a los demás como quisieras ser tratado por ellos o utilizas a las personas según tu conveniencia?
- ¿Los criticas cuando otros los critican?
- ¿Los defiendes cuando otros los acusan de falsedades?
- ¿Te haces el ciego y el olvidadizo para no ayudarles?
- ¿Cumples la palabra que das?
- ¿Dices mentiras de alguno de ellos/as?
- ¿Los tratas como te gustaría que te trataran a ti cuando cometen un fallo?
- ¿Los envidias cuando tienen algo que tú no tienes?
- ¿Eres fiel a la verdad en las relaciones con los demás o te dejas llevar por las murmuraciones, los juicios infundados?
- ¿Cómo vives la solidaridad con los pobres? ¿Eres sensible a las necesidades de quienes tienen menos que tú o te despreocupas por completo de enfermos, pobres, ancianos, inmigrantes…?
- ¿Te preocupas por los problemas de los demás?
- ¿Cuidas las buenas relaciones con los demás?
Tu trabajo/estudio…
- ¿Estudias y trabajas porque te obligan o porque quieres ser responsable y formarte?
- ¿Estudias al final para los exámenes, porque no planificas tu tiempo y hay otras cosas más importantes que te roban el tiempo?
- ¿Te has puesto en el lugar del profesor para comprenderle y entenderle?
- ¿Eres valiente para hacer una crítica con razones que la justifiquen?
- ¿Si hay un problema en el curso o trabajo, te pringas o te limitas a criticar destructivamente?
- ¿Concibes tu estudio/trabajo como un medio de ayudar a los demás o sólo buscas tu propio provecho?
¡Ánimo, vamos bien, pronto acabamos!
Tú mismo…
- ¿Analizas a menudo cómo eres y cómo vas?
- ¿Te haces compromisos para cambiar?
- ¿Eres amable, cercano, sensible y alegre con los que te rodean?
- ¿Has sido soberbio y egoísta?
- ¿Te sientes separado de alguien por riñas, disputas y peleas?
- ¿Eres humilde para pedir ayuda a tus amigos, padres, catequistas, profesores?
- ¿Buscas vivir en verdad?
- ¿Has pecado de pensamiento, obra y omisión?
- ¿Has procurado mantener tus pensamientos limpios y puros?
- ¿Te has dejado llevar tras los deseos de tu cuerpo, mal uso de la sexualidad, exceso de bebida y el alimento?
Con Dios…
- ¿Es Dios quien inspira tu vida o, por el contrario, te interesan otras cosas: el bienestar, la comodidad, el dinero…?
- ¿Te acuerdas de Él sólo en los momentos difíciles?
- ¿Tienes confianza en Él?
- ¿Hablas con Él de tus cosas?
- ¿Participas en la Misa del domingo?
- ¿Con qué actitud participas en la Eucaristía?
- ¿Te preocupas de conocerle más y más mediante la lectura de la Palabra de Dios?
- ¿Cuidas la oración personal y comunitaria? ¿Te acuerdas de ofrecerle a Dios los trabajos, las dificultades y los gozos de cada día? ¿Le pides ayuda?
- ¿Te preocupas por tu formación cristiana?
- ¿Has faltado en dar ejemplo como cristiano ante tu familia, amigos, vecinos, parroquia…?
- ¿Es Dios el centro y el motor de tu vida?
- ¿Le hablas y lo consideras como un Padre bueno que te ayuda?
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PERO…¿CÓMO ME CONFIESO?
Ahora vamos a ir al grano: ha llegado el momento en el que permites a Dios que arregle tu corazón. Y cuanto más sincero seas, más clara y madura será tu fe. Esto funciona así:
- Tú vas al confesionario o al lugar donde esté confesando el sacerdote.
- El sacerdote te saluda (a veces el sacerdote te saluda diciendo: Ave María Purísima. Tú le responderás: Sin pecado concebida) Sino, tú te persignas y dices “En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”.
- El sacerdote puede hacer ahora una pequeña oración. Tú terminas la oración con “Amén”.
- Puedes empezar la confesión con una referencia a tu última confesión: “Mi última confesión fue…” para ayudar al sacerdote.
- Tal vez te pregunte: ¿cuánto tiempo hace que no te confiesas? Tú le dirás la verdad. Y a continuación expresarás aquellos pecados, aquellas faltas que más te incomoden, con toda sencillez. Seguramente el sacerdote te dirá unas palabras de aliento. A veces a lo mejor un regaño. Todo lo escucharás con atención, con arrepentimiento y ganas de mejorar. Después el sacerdote te dará la absolución, unas palabras de perdón, diciéndote: Dios misericordioso que reconcilió al mundo consigo por la muerte y la resurrección de su Hijo, y envió al Espíritu Santo para el perdón de los pecados, te conceda por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y YO TE ABSUELVO DE TUS PECADOS, EN EL NOMBRE DEL PADRE, Y DEL HIJO, Y DEL ESPÍRITU SANTO.
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PEDIMOS PERDÓN…
Jesús,
sé que he actuado mal,
sé que no he hecho lo que tú esperabas de mí,
sé que con mi forma de actuar
me he alejado del camino de tu amor.
Me sabe mal haber actuado así
porqué tú me amas,
y tu camino es el camino de la felicidad.
Jesús, te pido perdón,
y te pido tu fuerza
para vivir como tú viviste.
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PERDÓNANOS, SEÑOR
A las siguientes invocaciones respondemos: «Perdón, Señor, perdón»
- Por las veces que hemos utilizado con ligereza el nombre de Dios o lo hemos olvidado.
- Por nuestra pereza y descuido para la oración y la Eucaristía.
- Por nuestra falta de sensibilidad para cultivar nuestra fe.
- Por guardar en nosotros secretos rencores y deseos de venganza, por ser duros con los demás y no perdonar de todo corazón.

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UNA VEZ CON EL CORAZÓN LIMPIO, ME COMPROMETO…
(lee en silencio)
- Corregiré o me propongo luchar contra… (contra qué, piénsalo).
- Daré mi mano amiga a… (piensa a quién). Así le ayudaré, le sonreiré y le apoyaré.
- Haré esta obra buena… Pondré este gesto… (indícalos) para alegrar a mis padres.
- Nunca hablaré mal de nadie; me esforzaré por sembrar «lo positivo» (especifica).
- Perdono a… (nombra a quién). Se lo voy a demostrar con algún gesto… (piénsalo).
- No voy a dejar pasar hoy sin hacer esta buena obra (señálala).
- Hoy voy a leer un trozo del Evangelio y voy a meditarlo (prográmalo).
- Voy a tener un rato de diálogo con el Señor en un día determinado (fíjalo).
- He visto la trampa en la que con más frecuencia caigo: intentaré esto (indícalo).
- Voy a dedicar hoy y algún otro día un rato para pensar y ordenarme por dentro…
- Voy a ser menos egoísta con los de mi casa (busca cómo).
- Mi defecto dominante es… (piensa en él) y voy a hacer una acción concreta para irme superando (¡concreta!).
“No nos cansemos jamás de sentir la necesidad de su perdón, porque cuando somos débiles su cercanía nos hace fuertes y nos permite vivir con mayor alegría nuestra fe” (Papa Francisco)
MISERICORDIA SEÑOR
Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,limpia mi pecado.
Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contro ti sólo pequé,cometí la maldad que aborreces.
Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quietes tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.



