Campamentos KAIRÓS 2017: La EUCARISTÍA, paso a paso…
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¿Por qué no empiezas la Misa 5 minutos antes?
¿Quién no ha utilizado el banco de la Iglesia como una cama en la que echar una cabezadita? O… ¿Quién de repente al salir de Misa no se ha dado cuenta de que tiene lagunas mentales acerca de la lo ocurrido en la celebración (lecturas, oraciones…)?
Y es que a veces se nos puede pasar la Misa en una abrir y cerrar de ojos, sobre todo en el cerrar de ojos, sin saborear todo lo que allí ha ocurrido. En esos momentos nos podríamos considerar “tierra infecunda” en la que Jesús ha querido sembrar pero al final la semilla no ha conseguido arraigar y no ha producido fruto.
Por eso, una buena preparación sería como pasar un arado y usar una regadera que nos convierta en “tierra buena” en la que la semilla se instale para hacer florecer nuestra vida.
También es bueno que vayamos dispuestos a celebrar la Eucaristía como iríamos a un banquete: con “hambre”, que es esa fe que hace que nazca la necesidad y no el mero cumpli-miento. Es ir con el corazón abierto para dejarse transformar por el Señor y su Palabra de Vida, y por eso es de suma importancia cuidar constantemente nuestra alma para un verdadero y eficaz encuentro con Dios y Su amor.
Nuestro gozo de asistir a ese gran Banquete puede empezar desde el momento en que nos levantamos, o incluso al acostarnos, quizá aprovechando para leer y meditar las lecturas que se van a proclamar ese día. El caso es que, independientemente de la hora a la que se celebre la Eucaristía, todo nuestro día tiene que ir cual flecha hacia un blanco fundamental, el Altar, en el que clavaremos todo lo vivido desde la Misa anterior: las cañas con los amigos, las compras en Zara, la derrota de nuestro equipo en Champions, los compañeros de carrera, los que marcharon a otra ciudad, el abuelito que murió hace poco…; la Misa así será más nuestra, y ofreceremos junto al cáliz y la patena nuestros miedos y nuestras preocupaciones, nuestras alegrías y esperanzas en la patena, para que cuando Cristo descienda a ella durante la Consagración, las encuentre todas.
En cualquier caso, y como se titula el post, siempre es importante guardar unos minutillos de silencio antes de la celebración en los que hablar con el Señor, en los que acallar los ruidos del alma, para pensar lo que vamos a ofrecer y para invocar al Espíritu Santo pidiéndole motivación para vivir lo que allí va a pasar.
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Sale el cura, la Misa empieza…
Ya empieza la Misa y todos los días sale una procesión. Sí, una procesión de entrada en la que el sacerdote solo o junto con sus acompañantes se dirige hacia el altar para dar comienzo a la Celebración. Pueden que sean pocos pasos y no se realicen de forma muy solemne… pero esos pasos tienen que ser también muy decisivos para entrar ya en situación de silencio y recogimiento interior, no solo los que forman la fila, sino también todo los presentes que tendrían que entonar algún canto que manifieste la alegría del gran Acontecimiento.
Un beso de amor por parte del sacerdote al altar recoge todo nuestro cariño por Cristo que descenderá en la Consagración a recogerlo y a devolvérnoslo. Ese humilde gesto calienta la estancia y nuestros corazones preparándonos ya para que nos dejemos envolver por la invocación de la Santísima Trinidad: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Estas palabras cierran la puerta de la “casa” para que comience el gran Banquete. Amén.
Tras ello, el sacerdote nos recuerda que el Señor está con nosotros y nos va a acompañar especialmente con su Palabra y su presencia real, y por eso nos invita a que todos juntos nos reconozcamos humildemente pecadores ante Dios y le pidamos perdón por nuestros errores, especialmente a esas faltas de cariño que a veces hemos tenido hacia Él y con los demás. En estos momentos, si aprovechamos la ocasión, nuestros pecados veniales quedan perdonados y nos disponemos así, de una forma mejor, al resto de celebración.
Ya vamos acabando los ritos iniciales, y los mismos ángeles nos motivan a entonar el Gloria, un canto de alabanza a Dios que nos llena de gozo y motivación para seguir con alegría la Misa.
Por último, la oración colecta corona este canto angélico y recoge todas nuestras inquietudes para elevárselas al Señor. Aquí es donde puedes tener preparada tu intención especial para esa Misa y, junto con la oración del sacerdote, presentársela también a Dios a través de él.
Por tanto, el resumen de esta primera parte de la Misa podría ser:
- Sin moverte de tu sitio, entra en procesión con el sacerdote, con tu silencio y recogimiento.
- Únete desde allí al beso que pone sobre el altar.
- Mientras te persignas no dejes de invocar a las tres personas de la Santísima Trinidad para que te acompañen de modo especial durante esos minutos que estarás en la iglesia.
- Pide al Señor perdón por esas pequeñas faltas que recuerdes y
- Recita el Gloria mientras pones todo tu corazón en Él.
- Para acabar, pon tus intenciones desde ya en el altar mientras el sacerdote recita la oración colecta.
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No entiendo las lecturas, el cura me torra…
Nos sentamos, y es el momento en el que nos sirven el primer plato del Banquete: la lectura de la Palabra de Dios. Y no basta cualquier camarero para servirlo, es necesario un buen lector que haga que nos fijemos más en el suculento plato que en él.
Y es que la Palabra ha de proclamarse debidamente: sin prisa, vocalizando y transmitiendo fielmente lo que pone el texto, sin dramatismos ni actuaciones innecesarias. Dios es el que está hablando a su pueblo y, por lo tanto, se tiene que hacer todo lo posible para que esa Palabra no se nuble ni se enturbie.
Esta parte supone una escucha atenta por parte de los comensales, y simplemente eso: silencio, escuchar y prestar atención. Conviene haber repasado antes de Misa las lecturas, para que luego esas palabras nos resulten familiares, hagan mella en nuestra vida y no entren por un oído y salgan por el otro. No nos podemos perder tantas buenas noticias sin más.
Redoble de tambores, que ya llega la homilía… Es muy triste observar como la gente va a una Misa o a otra, o directamente no va, por culpa de la homilía. Y es que le hemos dado demasiada importancia a la misma, pero uno no va a la Eucaristía como el que va a una conferencia o directamente a escuchar o no las palabras del cura; el protagonista es Cristo, y vamos a insertarnos en Él y a recibir el Espíritu Santo y, por lo tanto, la homilía debe ser solo un mero complemento a las lecturas que guíen un poco al que las escucha, para que las interiorice y profundice con más facilidad. Todo lo demás, estorba.
Hacemos un poquito de silencio para degustar el sabroso plato que nos ha ofrecido el Señor y ahora nos ponemos de pie y respondemos con un acto fe: el Credo, un tesoro heredado que resalta fielmente lo que creemos.
Con humildad, y como sabemos que Dios-Padre atiende las oraciones de sus Hijos, nos disponemos a elevar nuestras súplicas y humildemente hacemos las peticiones. Y ya está: “Te rogamos, óyenos”. Nos sentamos, que el banquete continúa.
Pan, vino, dinero… ¿Qué pinto yo ahí?
Y tú, ¿para que vas a Misa?
Hoy hace una semana del último café que eché con un amigo. Justo cuando nos despedimos me hizo esa pregunta. Me acordaba esta mañana de él porque he vuelto a ir a misa, aun siendo martes y no contar como una de las que llaman “obligaciones del cristiano”.
El porqué del hacerlo así es muy sencillo: creo que es lo más grande que cada día una persona puede hacer. Sí, has leído bien: lo más grande. Y tanto es así que da igual lo que ahora se te pase por la cabeza que no es más que esto.
Tal vez no entenderlo así puede arrancar de un punto de partida erróneo aunque frecuente: pensar que hay que ir a misa para “escuchar al cura”, “para no cometer un pecado” o “porque así lo he hecho siempre”. Si partimos de ahí, es muy normal que dejemos de asistir si el cura de turno es un poco pesado, si los altavoces no se escuchan bien, si lo que dice “no me dice nada” o incluso si el motivo último es el de no enfadar a la novia/o, padres, o darle un disgusto a la abuelita. Ir a misa es mucho más que todo eso, o mejor dicho, es todo menos eso o las razones parecidas que se nos ocurran.
En primer lugar porque ir a misa es conmemorar el Sacrificio de la Cruz, el mismo sacrificio por el que Jesús murió por cada uno de nosotros para obtener nuestra salvación. Pero además, no es un mero recuerdo de algo que pasó hace unos 2000 años sino que el mismo Sacrificio se repite en cada Misa y el Señor vuelve a morir para redimirnos. Y esto es así de literal, no una forma de explicarlo.
Esta razón tan aparentemente “teológica” podemos hacerla más de “andar por casa” si cuando vamos aprovechamos para poner en práctica los 4 fines de la misa:
- Adorar al Dios que nos ha creado y que ha creado todo cuanto nos rodea.
- Pedirle perdón por las faltas y pecados con los que nosotros y el mundo le ofende.
- Pedirle por nuestras intenciones y necesidades.
- Darle gracias por las mil cosas con las que cada día nos bendice, aunque sólo sea el que nos hayamos podido levantar un día más.
Posiblemente me podáis decir que para hacer todo eso no hay que ir a misa. Y es verdad, pero la ventaja de hacerlo ahí es que todo ello cobra un valor infinito porque como decía antes, se está actualizando el mayor acto de amor que cualquiera puede hacer por otro: dar su vida por él.
En segundo lugar, al participar de la misa estando en Gracia de Dios (sin conciencia de haber cometido pecados mortales o habiéndonos confesado antes) podemos comulgar y recibir así al Señor, a nuestro Dios, al Ser más grande que existe. No es ya estar en el concierto de nuestro artista favorito, ni tomar café con un personaje célebre. No es ni siquiera hospedar en nuestra casa a un presidente, rey, ni al mismísimo Papa. Ir a misa y comulgar es recibir en nuestro interior al Creador, al que hace que todo ocurra o deje de ocurrir, a Dios, a la persona que más nos quiere en el universo.
Y dicho esto, ahora la pregunta la hago yo: ¿piensas que para una persona que realmente tiene fe en esto le merece la pena ir a misa? Si te parece que sí… ¡apúntate!
Para ti, ¿Qué es la Misa?
Si en nuestra web hemos querido dedicar un apartado exclusivamente a la Misa es, sencillamente, porque la Misa no es una devoción más, una práctica de piedad estupenda a la que conviene asistir de vez en cuando.
Esta entrada me gustaría comenzarla haciendote una pregunta: ¿tú crees, con todas tus fuerzas, que el mismo Cristo que murió en la Cruz está sobre el altar en cada Misa tras la consagración? ¿Lo crees tan firmemente como la certeza que tienes de que tu madre es tu madre? Esto es fe… Y quien no acude a misa con este convencimiento nunca entenderá la Misa, por mucho que aquí expliquemos. Y esto no lo creemos porque seamos muy listos, ni porque nos lo expliquen muy bien. Lo creemos porque Él mismo nos lo ha dicho.
Y ahora, me gustaría hacerte una segunda pregunta mucho más determinante: para ti ¿qué es la Misa? La pregunta va con trampa porque, en el fondo, lo que para ti y para mi sea la Misa importa más bien poco. Lo importante es saber qué es la Misa de verdad. Y la Misa es la renovación del sacrificio incruento de Cristo en el Calvario. Te traduzco como buenamente puedo lo que esto significa: cada Misa es volver a estar presentes en el momento de la muerte y de la Resurrección de Cristo. En cada Eucaristía asistes de nuevo a esa pasión que Jesús sufrió y a esa Resurrección que tuvo lugar a los 3 días de su muerte. Es estar ahí presentes, con Cristo sacramentado. Es lo mismo que estar en el monte Calvario hace miles de años con Jesús subiendo a la Cruz. Entiéndelo bien, no digo que es “como” si estuviéramos presentes -no es conmemorar un recuerdo de algo que ya pasó-, sino que realmente estamos en directo con Cristo Sacramental.
Por todo esto, la cosa más importante que podemos hacer cada día es ir a Misa. Si has ido a Misa hoy, ya has hecho lo más grande del día. Vete a la cama si quieres, porque ya solo te quedan “tonterías” por hacer comparado con ir a Misa.
Ahora, tras haber leído esto, vuelve a preguntarte qué entiendes tú por la Misa porque ahí puede estar la causa de que a veces la Santa Misa la veamos como algo aburrido.
¿Por qué llegas tarde a Misa?
Voy a Misa y salgo “igual” o más aburrido. Algo falla…
Voy a Misa y me aburro, el cura es un rollo, solo hay gente mayor, soy el único de la pandilla que sigue yendo… ¿Os suena todo esto? A mi… ¡sí!
Hay un grave error de fondo y es el de pensar que a Misa uno debe ir -igual que a cualquier otra actividad que uno escoge libremente- a pasárselo bien, a encontrarme con los amigos, a escuchar una homilía que nos haga levitar, a ver al cura “jovencillo” que es supergracioso. Mal empezamos porque no, lo siento pero es que uno no va a Misa a nada de eso.
Pues entonces… efectivamente… vaya rollo. Espera, espera, ¿por qué no nos das una pequeña oportunidad? ¿Y si nos dejas que te expliquemos los verdaderos motivos por los que ir? ¿Y si te contamos lo que realmente pasa en esa media hora que das al Señor en tu ajetreada semana?
Arrancamos para ello una nueva catequesis que contará con los siguientes post:
- Me aburro en Misa… y mucho.
- ¿Por qué no empiezas la Misa 5 minutos antes?
- Sale el cura, la Misa empieza.
- No entiendo las lecturas, el cura me torra.
- Pan, vino, dinero… ¿Qué pinto yo ahí?
- ¿De veras el Señor baja al altar?
- Plegaria Eucarística
- El Padrenuestro
- Ir a una fiesta y no consumir nada… ¡claro que es un rollo!
- ¡Hasta luego! Y ¿después?
Danos una oportunidad y sumérgete con nosotros en la maravilla que supone celebrar la Santa Misa. Ella no va a cambiar, pero si tú comprendes por qué y para qué vas… ¡nunca te arrepentirás!
¿Te cuesta entender lo que pasa en la Misa?
Es el momento de la comunión. Es cuando el sacerdote se acerca a distribuir el alimento de la Eucaristía. Se le llama también comunión porque al recibir el cuerpo de Cristo, entramos en una íntima y profunda común – unión con Él.
Cuando alguien come algo, eso que ha comido se convierte en parte de tu cuerpo y se hace uno contigo y ya nadie lo puede separar.
Cuando recibimos el Cuerpo de Cristo, con este alimento sucede algo distinto, no sólo se vuelve parte de nosotros, sino sobre todo nosotros nos volvemos en aquello que comemos, nos Cristificamos, nos hacemos más como el Señor. Este es el verdadero alimento, el alimento de vida eterna, que quien lo reciba, vivirá para siempre.
Bendición final y despedida:
La misa termina como la empezamos, con la señal de la cruz. Podemos ir en paz, porque hemos visto a Dios, nos hemos encontrado con Él y estamos renovados para seguir en la misión que Dios nos encarga. Al terminar la misa el sacerdote nos da la bendición final.
La palabra bendición viene de dos palabras: bien y decir. Decir bien de alguien. Generalmente cuando alguien nos halaga, eso no nos hace ni mejores ni peores personas. Pero cuando Dios dice bien de nosotros, su Palabra sí nos hace distintos, nos da esa gracia para librar el buen combate de la fe. Así termina la misa y estamos listos para seguir adelante con nuestra vida cristiana.
Artículo publicado originalmente por Catholic Link
¿Por qué tenemos que ir los cristianos los domingos a misa?
Los cristianos hemos de dedicar tiempo para alabar, adorar, dar gracias, y en las necesidades, presentar nuestras súplicas, a Dios, para poder de esta manera vivir siempre alegre en el Señor.
Estos momentos de oración alimenta y fortalecen los otros momentos de la vida dedicados a Dios durante el trabajo, la convivencia con los demás y el servicio al prójimo.
La Iglesia ha dispuesto particularmente los domingos para dar culto a Dios. Además, ha señalado también otros días para celebrar fiesta en honor del Señor, de la Virgen y de los Santos.
El domingo conmemoramos la resurrección del Señor.
Además, el “día del Señor”, asume también los elementos del sábado judío. De este modo, el domingo cristiano tiene tres elementos esenciales:
- Nos recuerda la Creación del mundo e introduce el resplandor festivo de la bondad de Dios en el tiempo.
- Nos recuerda el “octavo día de la creación”, cuando el mundo se renovó en Cristo (como dice una oración de la noche de Pascua, “Oh Dios, que con acción maravillosa creaste al hombre y con mayor maravilla lo redimiste).
- Retoma el motivo del descanso, pero no solo para santificar la interrupción del trabajo, sino para indicar ya desde ahora el descanso eterno del hombre en Dios.
¿Dónde se celebra al misa?
El Templo cristiano.
La Iglesia: un lugar especial y distinto a los demás. Paseamos por la calle y todo el mundo rápidamente se da cuenta que no es un edificio más…
…y a la vez un lugar muchas veces desconocido para los cristianos. En ella celebramos los cristianos lo más importante, el sacramento de la Eucaristía. La Iglesia no es sólo un edificio más o menos bonito, más o menos grande. Detrás del edificio está lo que significa y simboliza el edificio.
